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En cualquier lugar aéreo entre La Habana y Bogotá


Fotografía  Aaron Escobar  

 
Por
Marley Cruz
Colaboradora habitual de La Moviola
 

Soy muy supersticiosa, suelo créele mucho a mis sueños, a lo que entre líneas me dicen.  Antes de saber que por fin viajaría a Cuba tuve un sueño particular, revelador: tenía un vestido azul -bailarina de la carpa azul- y arribaba a La Habana. Llegaba a una humilde casa, de tablas azules, de pinturas carcomidas por el tiempo y la sal del mar. Salí a dar una vuelta por la Habana vieja, que quedaba a diez minutos en carro del lugar de mi hospedaje: las casas en ese lugar eran grandes, antiguas, llenas de misterios que me invitaban a entrar, sólo las miré de pasada, pero con el tiempo suficiente para dejar en mí un sabor de desbordante alegría y un dejo de tristeza.  De repente en mi sueño me encontré frente al mar: era una inmensa laguna salada, con arena color marfil, que desembocaba en el ancho, azul, e infinito océano: estaba en Playa Girón. 

Mucho he amado esa tierra, símbolo para mí, de los que pudieron hacer un algo diferente, tomar un camino que los hace tan únicos, tan ellos, tan fuertes y tan auténticos. Mucho les leído en sus letras y en sus músicas; cada palabra, cada sonoridad, causaba en mí una fascinación tan grande como escuchar la palabra “Patria, como un libro, una palabra, una guerrilla, como la palabra amor”. Por eso cuando mi deseo de inicio de año se dio, no hubo felicidad mayor: por fin visitaría la tierra de Fidel, de Alejo, de La Loynaz, de Carilda, de Silvio y de Martí; al fin podría ver con mis propios ojos lo contado por mi amiga cubana, por fin podría llevar de ella sus recuerdos, y escucharía con mis oídos el estrellar de las olas con la pared que nos separa del mar.

En las conversaciones con quienes ya habían conocido esta tierra había escuchado mucho de las alegrías y de las penas de los cubanos, siempre con ese timbre político que se empeña en querer definir a un pueblo, y en polarizar las percepciones que sobre la gente y las formas de vida que se tienen.  Cansada de escuchar posiciones de bueno y malo, de bonito y feo, lo que en verdad me movía el alma para conocer era esa forma como se piensan su arte, sus letras, sus músicas, quería con toda el alma ver cómo la curva de sus sonrisas se parece a la curva del horizonte en el mar. No me interesó jamás concentrarme exclusivamente echarle la culpa al bloqueo de la dura situación cubana, o de culpar a Fidel por no adaptarse a los cambios del mundo, nunca me interesó quedarme en los meros chismes de la revolución vs el capitalismo… no quise quedarme ahí, me negué a darle crédito a la mórbida curiosidad de cuántas carencias tienen comparados con nosotros, de su supuesto nivel de atraso. Harta de todo eso, pero con la conciencia clara de saber que la política de un país afecta profundamente a su pueblo- y más a éste al estar enfermo de geografía- quise ver que había más allá de todo aquello, y en esa corta estancia puede quedar hermosamente hechizada con su calor y su fuerte brisa.

Recuerdo las cosquillas y la ansiedad antes del arribo a la ciudad de la Habana, el cielo hermoso, lleno de nubes como ovejitas sin paticas, y al final el inmenso mar… mar que se convirtió en la isla, que me daba la bienvenida. Pienso en lo que aconteció en estos días que parecieran un siglo por todo lo vivido en aquel lugar: recuerdo gentes que me regalaron su tiempo, personas con una humanidad tan inmensa como sus almas, con un destellante brillo en los ojos y esa sonrisa siempre presente en los labios.

Y en mucho tienen y no razón los que me habían contado de las alegrías y de los tantos pesares de los cubanos, pero lo que más me disgustó de las personas que me contaban sobre sus viajes a Cuba era la exclusiva que le dan a las carencias económicas y de calidad de vida,  en las dificultades para conseguir lo del diario vivir. Pero también me habían contado de la proverbial alegría de estas personas, de su don de gente y de la musicalidad en su hablar, de lo folclórico de sus costumbres y en su cercanía en el trato con el otro. Desde un inicio me había prometido no hablar de política con los cubanos: un país es más grande que sus dirigentes o que los vientos por los que la geopolítica los marque. Mi interés en Cuba siempre ha ido más allá de esa mórbida curiosidad para con los que tienen una sociedad tan distinta al resto del mundo pese al trasegar del tiempo.

En el marco del evento al que acudí estaba la visita a escuelas en la ciudad: la escuelita de José Martí recibió a un grupo de más de 20 extranjeros para mostrarnos con todo orgullo su biblioteca. Me conmovió profundamente el ver dos filas de niños y niñas con sus pañoletas azules haciéndonos calle de honor: ¿acaso puede existir honor más grande para un docente que ser recibido en una institución educativa, por sus niños con miradas de complacencia? La canción que sonaba al fondo era la Guantanamera. No puedo dejar de recordar el brillo en estos niños tan sencillos, tan contentos por nuestra visita. Me transporté a alguna de las escuelas en las que cursé mi primaria… ¡Esa sensación de estar en otro tiempo, en un tiempo angelicalmente remoto! Todo era tan distinto a cómo me he acostumbrado: salones de máximo 15 niños, tableros de tiza, pizarras, cuadernos forrados con papel regalo… Qué remotas vivencias trajo a mí este lugar.

Al llegar a la biblioteca tuve que escapar, no por el lugar, no por los cubanos, sino, aunque me avergüence decirlo, por mis compañeros de evento. Los comentarios, las  críticas que en nada aportan a la construcción de sensibilidades y de conocimiento, cuyo único fin era el de denigrar la educación cubana: “¡mira esta edición de 1972, hasta hongos debe tener!” me daban ganas de decirles: y nosotros tenemos libros digitales que nadie lee, ¿eso nos hace mejores, más desarrollados?, tenemos cursos de 45 estudiantes donde al docente le queda casi imposible impartir una educación humanizada, en pro de la construcción del individuo y no de analfabetas funcionales. Así que para contener mi rabia, e impotencia al ver a todos con sus iPhone, con sus cámaras, que nunca buscan la magia de la imagen, sino el YO ESTUVE AHÍ, salí por un lado, cuidadosamente sin que el auditorio lo notara.

Tan pronto estuve fuera, en compañía de un docente de la institución y de otra colombiana a quien le incomodó la actividad, fuimos a dar un paseo por la escuela. Entramos a un salón de clase y con el aval de la docente encargada, puse en acción alguna de mis hechizos musicales para encantar a los chicos… a todos los niños que conozco les impacta mucho que uno les cante, es como el sonido de Hamelin, y ellos son como los niños encantados del cuento, pero al puente al que me gusta llevarlos es al de sus sueños y su imaginación. Entre cantos seguidos por los niños, tuve la oportunidad de hablar con otras maestras, ellas  estaban un poco distantes, pues minutos antes alguno de los visitantes había criticado de mala manera el sistema educativo cubano. Yo por mi parte, intentando disculpar tal atrevimiento, les hablé del fascinante que es poder disponer de un salón de clase con 10 o 15 niños, pues de esta manera se puede hacer un seguimiento más detallado del desarrollo de cada estudiante. Y rompiendo el hielo, me contaron cosas sobre su profesión como docentes, orgullosas de su sistema educativo y de la manera como sus chicos aprenden, me sentí feliz.

Quedé fascinada con las ediciones de sus libros infantiles, ilustraciones tan perfectamente elaboradas, tan artesanales, con colorido y contenido. Tuve la oportunidad de conocer las letras de un escritor de literatura infantil, y entre cafés y dedicatorias, traje conmigo un tesoro lleno de circos, de poemas, de verdes, de gallos y de bosques. Libros dispuestos para ser compartidos con mis chicos en algún colegio bogotano. 

En una de mis voladas del evento para poder hablar con algún cubano y saberles un poco más, me encontré mirando las olas del mar, compartiendo atún y galletas con un grupo de jóvenes isleños.  Tuve la impresión de perderme en la inmensidad del agua cuando de repente me solté de la mano de mi joven conductor por entre las olas, quién quiso darme un escarmiento para que dejara de tenerle miedo al mar. Las olas estaban muy picadas, jamás había conocido un mar tan bravo como éste, de color azul y con arcoíris como prenda; por un instante sentí el agua salada en mi boca, que sin dejarme respirar me reclamaba el miedo que guardo desde niña a las aguas profundas.

Recuerdo con gusto la mirada de las mujeres mayores al ver mi joven rostro, la adultez, la complacencia y la magia de ver a una chica tan joven –en términos académicos por lo menos- en un congreso al que asisten muchos por reiterada consagración desde hace 14 años.  Me anima en el camino que escogí en actos de suprema sinceridad para con lo que hago, como los aplausos tras mi exposición: era un tema terrible, la tragedia y la muerte siempre nos causan escozor, y sin embargo, siento que logré capturar un interés estético con mi trabajo.

El motivo de mi viaje estaba marcado por el amor a una tierra desconocida, amor que por momentos se vio opacado al sentirme influida por algunas conversaciones con gentes de otros países y del mío mismo, por momentos se me pegó el pesimismo, se me pegó el descontento de encontrar a una nación en palos. Sin embargo, la desazón no duraba mucho, no alcanzó nunca para inundar mi alma llena de tantas expectativas y de tantas ganas de conocer.

El taxista don Joaquín, exmilitar, campesino, y ahora conductor de una auto con los años de Matuzalém, me regaló en su compañía historias sin tiempo, que  me invitaban a veces a una tristeza  profunda al ver que a la revolución ya le hace falta más que una mano de pintura; sus palabras de amor para con la política de su país, la seriedad de su palabra sin pretensión notaba tanto amor por el partido, como por un sueño perdido, en contraste con su afán inmenso de salir para poder cambiar la situación: “Marley: somos un país muy muy pobre, la hemos pasado muy mal, pero siempre he amado mi país y su revolución, pero quiero tener una vejez tranquila al lado de mi familia en Miami” En otros momentos me compartía sus historias de amores y poemas, algunos de ellos para cierta señorita que no quiso dejarse amar: ¡el amor sentimental es tan natural y sencillo para los cubanos, se enamoran se casan y si se les pasa pues se dejan sin tanto problema! En ellos no hay toda esa vaina que nos han metido en la cabeza de que hay que casarse con el que a uno lo quiere, o con el que le conviene, o con el que los gustos son lo suficientemente afines como para hacer proyecto…  y por las carreteras llenas de historias, el auto de don Joaquín me llevó al inmenso y tranquilo mar de sus recuerdos.

Dentro de las cosas que me hicieron llorar de tristeza está sembrado en el recuerdo de una noche en el malecón. Conocí a un grupo chicas, una de ellas dispuesta a conquistar la parte lésbica que todas llevamos dentro; no por falta de belleza por parte de mi cautivadora, sino por una completa convicción de mi parte de no querer comprobar si soy o no bisexual, desistió de su intención de conquistarme y empezamos a hablar de la vida, de las olas al chocar contra el muro, del olor del cigarrillo, de la niña de 4 años de una de ellas, de la Habana, de la lluvia que se aproximaba. Mientras la conversación sucedía llegó mi pregunta:

-¿Ustedes estudiaron?- a lo que una de ellas respondió:

-Nosotras no, no quisimos, pero ella si- señalando a la de mayor edad del grupo

-Era maestra-

-Sí- respondió ella, como quien no quiere la cosa.

-Era maestra, estudié dos especializaciones e inglés, pero me cansé de aguantar hambre… y ahora hago esto…

Amargo trago al escuchar esto: ahora hago esto… una maestra deja de ser maestra, un militar deja de ser militar, no por convicción sino por necesidad, por hastío, por cansancio. Quieren salir, ¡y yo con estas ganas locas de entrar!

Los admiro porque son diferentes, porque son tan únicos y sus problemas tan hondos que podemos predecir que van a decir para ganar una divisa más… ¡y son tan humanos! Con la misma humanidad que encontraría en cualquier ser sobre la faz de la tierra… pero tan amables y sus miradas tan sinceras…

Siento que en la maleta verde que viaja en éste avión traigo algo del alma de Cuba, traigo a Martí en 27 tomos: mi más grande orgullo, la perla máxima de mi biblioteca y de mi amor. Siento que después de que haya recorrido esas palabras podré menos que nunca olvidar este primer encuentro con tan amado país… tengo la certeza de quererle más que antes y de admirarle y de sufrir con él las penas y pesares como si del mío propio fueran… si me lo permiten. Nunca me sentí tan en casa. Tal vez sea la proximidad que con sus letras me han llegado al corazón, o la calidez de su gente, o lo sonoro de su hablar, o tal vez sea que en el fondo sigo total, e irrevocablemente enamorada de la utopía.

Ahora mientras la noche me lleva de nuevo a la fría ciudad que digo odiar, en un avión que me trae de la ciudad que digo amar, no puedo dejar de pensar en todos, jóvenes, viejos, extranjeros, cubanos, a todos les conocí un poco, todos me compartieron un pedacito de su mundo, y no puedo hacer otra cosa que estar agradecida con todos.

No puedo evitar las lágrimas cuándo recuerdo que lo logré, cuando en mis ojos quedaron inscritas cosas que mi alma no podrá olvidar. Lloro al regresar de mi país porque por fin logré ver con mis ojos lo que las letras me habían narrado. Con todo lo contradictorio que hay en mis pensamientos, no puedo dejar de confesar que al ver las lucecitas de mi fría ciudad me sentí tranquila, estaba de nuevo en mi lugar de confort, entre el mar de emociones encontradas, de querer regresar, pero también el temor de sufrir, porque nos han hecho cómodos, y nos aterra salir de la zona de bienestar.

A todos los que me acogieron en sus delicadas muestras de afecto, en su palabra sin reproche no me quedan más que darles mis gracias. La Habana me sirvió bien, siento también el ahogo y la náusea: debe ser el trasnocho, los rones de anoche o el movimiento incesante de este avión que me causa malestar o tal vez es la sensación del sentir que no se puede ser maniqueísta con ese lugar, es una tierra que  mucho más que eso: los cubanos son en definitiva desbordantes.

Don Carlos de quién no me despedí, a quién tal vez jamás logre decirle lo agradecida que le estoy por sus 80 pesos cubanos, y quien me demostró que en un país en donde los recursos son tan escasos me dieron  de lo poco que tenían sin pedirme retribuciones; en un país del que se dice que al turista se le ve con el signo pesos, algunos seres maravillosos me trataron como persona, me vieron con los ojos de quién ve a una chiquilla, porque sí, en éste viaje me sentía con 16 años, no tuve más que eso… de hecho todo el mundo me decía que no parecía de más edad que 20, tal vez porque mi alma se rejuveneció de experiencias.

A los que los juzgan con alevosía solo me queda decirles: ¿Atrasados quiénes? ¿Acaso alguien en mi Bogotá se ha tomado el tiempo para escuchar de mi boca la historia de los judíos desde Abraham hasta Hitler con pleno interés? ¿Acaso alguien en alguno de los parques de mi ciudad es lo suficientemente seguro cómo para estar casi a la media noche hablando con un desconocido arreglador de refrigeradores, y que además de todo se tome el trabajo de darme de su dinero para pagar mi taxi?  Me niego a creer lo que muchos piensan, que el cubano es amable sólo porque te mira con el signo pesos, me niego rotundamente a creer que sus actos de amabilidad son sólo porque quieren que te cases con ellos para sacarlos del país. Yo creo que lo hacen porque nos llevan años luz en una cosa tan sencilla que se llama: humanidad.

Llegué hastiada hasta el cansancio de los turistas quejambrosos por no tener shampoo en el hotel, o porque nos dieron pasta en un coctel de bienvenida. ¿Acaso son tan miopes para no ver la maravilla de gente con la que se toparon de frente? Si querían lujos debieron emigrar a París y hospedarse en un hotel en los Campos Elíseos. ¿Les cuesta tanto ver la belleza en las manos de un anciano armando un tabaco? ¿Acaso no sienten la tranquilidad que brinda una ciudad sin las monstruosas vallas publicitarias? ¿Acaso no pueden simplemente admirar una ciudad tan limpia como la Habana, viniendo de un desastre de basuras como el de la capital Colombiana? ¿Es que no pueden mirar la hermosura en la sonrisa de los niños al enseñarte cómo funciona la pizarra? ¿Es que siguen creyendo que niños con Tablet computer se llama progreso?

No todos por supuesto, hubo gentes de otros países maravillosas, costarricenses, brasileros, peruanos, que también lograron ir más allá de la pauperización de la diferencia. En estas personas pude encontrar la compichería para admirar antes de criticar. Con ellos nos admiramos de que con lo poco se puede hacer mucho, y espero haber construido lazos que nos permitan comunicarnos desde las diferentes esferas en las que vivimos.

Pese a lo pesado de maleta hoy después de toda una vida me siento más liviana.  Y me siento como en mi sueño revelador, envuelta en el azul con sal y en su olor a tabaco, me siento como la bailarina azul del Próximo circo.  Me concibo como mi amiga cubana muy acertadamente describió cuando me negué a contarle de lo que mis ojos vieron en su Cuba linda: “Se lo que hay detrás de tu silencio, a ti te duele Cuba,  porque Cuba tiene la magia de encantar dolorosamente,  Cuba tiene el ritmo de Benny con la nostalgia de la Loynaz y la locura de Carilda,  tu sientes un infantil dolor por Cuba que mi anciano dolor bien conoce…” Sí, mi amiga acertó perfectamente a lo que por mi corazón pasa; sí, Cuba me encanta dolorosamente, porque por más que quisiera estar al margen de cualquier postura política, no puede dejar de apabullarme el saber una tierra tan rica en cultura y educación pase tan duros momentos desde hace tanto tiempo. Me duele Cuba, porque siento el ocaso de una época en sus aires, porque el mundo se ha encargado de asfixiarla tanto que pareciera que la tela no resiste más.

Cuba necesita un cambio y todos lo sabemos, solamente espero que con esa misma fuerza con que los cubanos han demostrado al mundo su valía, puedan seguir siendo tan ellos donde quiera que los vientos geopolíticos los lleven. Sentí en el aire el ocaso de una época, pero sé muy bien que tras la oscuridad siempre sale el sol… y a todas éstas ¿quién soy yo para predecir que se muere o qué sigue? Dicen que la revolución se viene muriendo desde que empezó, llevan más de 50 años y sigue contando… tal vez los cubanos sorprendan de nuevo con su impresionante ingenio para darle soluciones viables a tan maravilloso país.

Salí de Cuba con dolor en el pecho y tristeza, creí que eran los rones de la noche anterior, al regresar a Bogotá creí que era la altura. Ahora que han pasado algunos días desde mi regreso, casi tantos como los de mi estancia en la Habana, el dolor sigue presente cuando los recuerdo, cuando les leo. Pese a lo cómoda que vivo en mi tierra, yo quisiera regresar y quédame tanto tiempo como fuera posible. No con poco miedo quiero inventarme un sueño que me permita regresar. No sé qué tan comprensible sea la fascinación que siento, pero pienso constantemente en la posibilidad de quedarme a vivir en aquellos ojos verdes que me miraron con tristeza y con dulzura, de quedarme a vivir en ese rostro esculpido en mármol, con piel de terciopelo.        

 

    

EL COLEGIO, ESPACIO PARA LA INQUIETUD Y LA CURIOSIDAD


 
 
Fotografía de Inge Morath (1961)

 
Por Marley Cruz

Redactora habitual de La Moviola

 

Hacen ya algún tiempo que pasé por el colegio y recuerdo con añoranza aquellos años en los que mi pensamiento empezó a tomar forma. Quizás lo que más recuerdo y lo que más marcado dejó en mi la estancia en aquella institución de Pitalito, fue la recurrente insistencia de mis profesores en que la enseñanza que nos impartían era para el ingreso a la universidad: me gusta pensar que ese es el motivo por el que con  la gran mayoría de mis compañeros hemos pasado por una institución universitaria. Dentro del dechado de carreras que estudian, o de las cuales ya son egresados están la Geología, Ingeniería Civil, Veterinaria y zootecnia, Ingeniería agroindustrial, Derecho, Medicina, Geografía ambiental, Nutrición y dietética, Negocios internacionales, Biología, Ingeniería catastral, Ingeniería mecánica, Artes, entre otras tantas. Son muchas las cosas que tuvieron que pasar para que el tiempo hiciera de nosotros lo que somos, y más aún para que una sola generación diera una cantidad de profesionales tan talentosos y capaces como lo fue la del 2004; y todo tuvo su comienzo en las aulas de aquel colegio de provincia, con muchos de los profesores que aún acompañan los procesos de enseñanza de aquella institución.

Teníamos una fuerte formación en ciencias y humanidades, con un componente artístico vital para la formación integral de los estudiantes. La educación en el colegio más allá de ser una educación bancaria, basada en la acumulación de conocimiento, debe ser una formación para la inquietud,  en donde al estudiante se le brinden unas herramientas para propiciar la creatividad y las pesquisas académicas; aquellas preguntas sobre el mundo, sobre el cómo funcionan las cosas, el porqué de esto y de aquello. Suscitar en los estudiantes preguntas, es la responsabilidad del docente, saber preguntar, que luego las respuestas van cambiando con el tiempo. Por los resultados, parece que a mi generación le hicieron las preguntas adecuadas.

Había una pequeña banda sinfónica en la que los que tuvieran inquietudes por algún instrumento podían practicar para hacer parte de la agrupación; ese espacio resultó de vital importancia para mí, desde allí surgieron preguntas sobre cómo el arte influye en la creación de cultura y de sociedad, sobre la certeza que la disciplina está por encima de la inteligencia y que la genialidad es el resultado del trabajo duro y de la completa entrega a nuestra verdad. Teníamos nuestros laboratorios y los proyectos en ciencias en general; sin saberlo tal vez, en cada uno de los estudiantes se iban gestando gustos e inquietudes por las diversas áreas del conocimiento; las lecturas propuestas para las clases, el hecho de nombrar y estudiar a algunos autores, dejaron en nosotros semillas que con el tiempo han ido creciendo para hacer lo que somos ahora. Hubo mucha entrega de parte y parte, los docentes que nos formaron hicieron su mejor esfuerzo y dieron con mentes dispuestas a dejarse tocar por la inquietud y la curiosidad.

Ahora al ser practicante en colegios del Distrito de Bogotá, se me da por recordar; esta enorme ciudad mucho dista de aquel lugar del sur del Huila donde nací. Son mega colegios en donde se hace mucho más difícil generar puentes entre los estudiantes y los docentes, en donde hacer un seguimiento a los procesos resulta un poco complicado, y en donde el arte difiere mucho de lo que a mí me enseñaron que era en mis tiempos de bachillerato. Al ser un colegio de pueblo y al contar con espacios como el de una banda sinfónica, se nos brindó a los estudiantes la posibilidad de adentrarnos en ese mundo mágico de la música: horas y horas en el salón de la banda, con los largos ensayos, fuera sábado, domingo o festivo, nos enseñó que para lograr los sueños hay que entregarse, hay que estudiar, hay que superar las barreras mentales que nos genera el medio en que crecemos. Aquí las cosas son distintas, son pocas horas para la educación artística, en donde los licenciados en esta rama hacemos lo que se puede, y con mucho ahínco nos buscamos los espacios para darle al arte el respeto y el lugar que es debido, lugar que ya tenía de entrada en aquella institución en la que estudié.

Los lugares cambian, el contexto es distinto, pero la labor es la misma. La búsqueda por el sentirse útil, por hacer del trabajo docente una condición digna, y el saber que hace parte del pilar de la sociedad, eso no cambia. El hacer suceder generaciones como la del 2004 en mi colegio sigue siendo el norte, el cumplir a cabalidad con la responsabilidad de las instituciones como formadores de los ciudadanos del mañana. Ayudar en la formación de mentes críticas y responsables de la sociedad y del mundo del que hacen parte; enamorar a los estudiantes es el mejor desempeño de un docente, y dejarse cautivar la mejor respuesta de los estudiantes: es un trabajo en equipo, y de cuyo resultado depende el futuro del país, y la manera de construir sociedad.

El paso por el colegio es de gran importancia para determinar lo que seremos en la vida adulta; es un tiempo en el que la levedad pareciera reinar, y en el que somos más receptivos ante las cosas sencillas. Fue bueno pasar por una institución como el Colegio Nacional de Bachillerato de Pitalito Huila, un colegio en el que el interés por cultivar el conocimiento integral le ha valido su prestigio, y quienes hemos pasado por sus aulas conservamos aquel sentido de pertenencia por ese espacio forjador de saberes. 

 

Azar, juego y fortuna en constante movimiento








Por

Marley Cruz

Especial para La Moviola

Colaboradora habitual



RESUMEN:

El azar nos impresiona, nos seduce con su canto. Pero a veces la victoria es el silencio de las sirenas, se ausenta, se caya, va y viene sin un orden aparente. El azar se mueve, cambia de lugar y de turno como en un proceso cuántico entre el tiempo y el espacio. Incluso, en el dominio de las ciencias naturales, donde antes era tenido como paria, el azar y el caos han ganado altísima notoriedad en los últimos años. Los científicos de las ciencias exactas han debido reconocer que el papel del azar en el devenir del universo es mucho más grande de lo que se esperaba. La teoría del caos está derrumbando los paradigmas del determinismo. La diferencia entre la vida y la muerte, la fortuna o la desgracia puede estar, un gen, el lanzamiento de una moneda, o la presencia de un tormenta desencadenada por el aleteo de una mariposa. Ese gran devenir universal, regido por el azar, se reproduce a microescala en el juego. Un leve movimiento en la mano del billarista, un cambio ínfimo en la trayectoria de la garra de un gallo puede ser la variable de donde pende una vida, un destino…
Palabras clave: Juego, azar, fortuna, movimiento, rito, aleatoriedad.

Azar, juego y fortuna en constante movimiento

“Oh Fortuna, velut Luna statu variabilis, semper crescis aut decrescis; vita detestabilis nunc obdurat et tunc curat ludo mentis aciem, egestatem, potestamem dissolvit ut glaciem”1

1 Manuscrito de Carmina Burana Oh Fortuna (1100-1200). “Oh fortuna, variable como la luna, creces sin cesar o desapareces. ¡Vida detestable! Un día jugando, entristeces a los débiles sentidos, para llenarles de satisfacción al día siguiente. La pobreza y el dolor, se derriten como el hielo, ante tu presencia”

Llega la noche, las personas salen de sus labores y se reúnen para dar inicio al rito. Salen las cartas, los dados, se desempluman los gallos y empieza a girar la rueda de la fortuna. El azar hace su presencia para derrumbar el determinismo y darle paso a que lo inesperado ocurra. En las ciencias naturales hasta muy entrado el siglo XX, el azar fue visto como la viva imagen de la ignorancia, solo hasta la formulación de teorías científicas que contienen sistemas caóticos turbulentos y la aparición de la mecánica cuántica, el azar fue tomado en cuenta para las mediciones físicas. “La trayectoria de una bola de billar es solo la prolongación de la mano del jugador” es lo que nos dice Kundera, pero no siempre es así, no podemos manejar todas las variables y es ahí donde la magia de lo inesperado hace su aparición. Se puede tener el gallo mejor entrenado, el más bravero de la gallera, pero no podemos predecir el movimiento del contrincante, nunca se sabe cuándo un picotazo inesperado puede cegar a nuestro

ganador. El azar cambia de lugar, se sitúa en donde menos se espere, el azar muta y trasforma a pobres en ricos y a felices en desdichados.

Las personas suelen hacer triquiñuelas para adueñarse de la fortuna, manejar el azar a su antojo. Llevan consigo amuletos, cartas rezadas, llevan a sus mujeres a los casinos y lugares juego para que les den suerte. Pero otros optan por conocer en detalle los misterios que determinan el movimiento del azar, se adueñan de trucos para que la cantidad de movimiento sea conservada en el universo. Una bola puede pararse completamente y darle su movimiento a otra bola por contacto, así como se creería que el contacto de los objetos sagrados pueden imprimir suerte al jugador.

“Sólo se vive una vez” y nadie hace tan acorde su vida a esta fugacidad como el apostador. En la obra de Fernando Soto Aparicio “La rebelión de las ratas” su protagonista, don Rudecindo, apuesta a los gallos la posibilidad de su familia de comer pan, y en su historia de desgracias sólo la enemistad con el azar logra transformarlo en un hombre totalmente desesperado. El azar en su historia es el último bastión de la redención. Si la suerte le hubiese sonreído tal vez su odio habría desaparecido, y posiblemente su historia no hubiese tenido un final tan cargado de resentimiento como el que tuvo para nuestro deleite literario. De alguno u otro modo todos los hombres buscan la bendición del azar. Pero esta escena no sólo se repite incansablemente en toda la geografía nacional, sino también en la mayoría de lugares en donde habita la raza humana. ¿Qué buscamos tras su misteriosa predilección? Tal parece que el orden y la certidumbre hacen imposible la redención. Tras estos registros el ser humano vive una vida dominada por el azar, buscando tras él un gesto que le indique que por un instante, y tras el designio de una voluntad misteriosa, el universo se encuentra a su favor; sólo se necesita esta sonrisa para cambiar de destino, sólo se requiere este consentimiento secreto para llegar a ser temerario y absoluto. Esta es una forma de comunión con el universo. Una forma efectiva, y tan poderosa para quien la vive como en otro escenario puede ser la religiosa. Curiosamente, y tras los juegos de azar, pueden descubrirse a veces hombres elegidos. Hombres que ganan y que pierden incansablemente, como si realmente el universo se empañase en exaltarlos o arruinarlos. Nadie en medio del ritual del azar pone en duda

el pronunciamiento de esa voluntad caprichosa, y pocos llegan a poner su voluntad en duda mencionando asuntos como la técnica o la maña, o siquiera la experiencia ¿puede descubrirse un rastro de desesperación tras el rostro de estos individuos? En sus rituales, a pesar de estar incansablemente indefensos, los individuos siempre son sujetos alegres y siempre tienen esperanzas. No sabemos si el azar es un dios o una faceta de dios; los hombres, en su honor, siempre son ingenuos y soñadores como Don Rudecindo. Siempre apostarían su vida tras su bendición. Algo del designio misterioso puede leerse en sus gestos, en sus amuletos y en sus rostros, y tras ese misterio está la posibilidad de ser condenado o redimido.


Del presente trabajo existe una serie fotografica elaborada por la autora.