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ALUCINACIONES - Cuento-

CUENTO.


                                               Fotografía: Andrés Romero Baltodano




Por
Camila Duarte

Especial para La Moviola



Sobando su cabeza e inclinándose para ver al costado de la cama entendió entonces que no era hora de andar desplegando sus acciones en cosas banales así que giro su cuerpo levemente y recostó su cabeza en la almohada, con la sutileza de una araña al caminar por el agua y antes de caer al vacío blanco y perfumado de las sabanas, sus ojos implosionarón aullando en las praderas del inconsciente. Arribo en poco tiempo allí bien dentro y tras las varias escurridizas de los bastos toboganes llego al centro de lo inusitado donde inicio su camino por segmentos cortos y olorosos, fríos y húmedos, navegando en senderos reiterativos, familiares y foráneos en los cuales pudo transformarse y modelarse. También con amigos deambulo y sin menor importancia con uno que otro sin cara viéndose en ocasiones lejos de si y en otras tan adentro que sin querer provocaba que su cuerpo escamoteara sobre el lecho.

No se sabe nada de su procedencia solo que ingresa a particulares horas del día sin olvidar las escenas nocturnas que con itinerarios cada vez mas extraños dejan marcas desde su precocidad hasta hoy, cada imagen suscita mundos dictaminados por su conciencia pero tan apartados de la realidad lo que lo atemoriza pero lo ingesta de éxtasis en sesos y panza que tan ardientemente hace fantástica cada inhalación de aire.

Él duerme mientras ella sueña. Y cuando sueña intenta tomar su vida en las manos, darse cúmulos de felicidad y sobretodo intentar entender lo absurdo de una ilusión tan corta y sentida y más anhelada que la misma realidad. Él sueña ahora y ella oscila entre el mareaje de su cansancio.

Ahora ella, ha de vivir con la espumosidad del cielo en cada instante y hora del día, no necesita cerrar los ojos y huir de si para aferrarse al ilusionismo de su inconsciencia, se hace agua, fuego, aire y tierra en cada situación, ella es Yo y no teme y si lo hace solo ha de ser por la soledad o por pensar en ello y la marea y le desgasta, colorida esencia replegada y odiada. Despertar lejos de lo que la hace ser o soñar sin recuerdos, ¡aguardar! ahora escucha el tintineo del pasajero de su enajenación, esta del costado del soñador compartiendo juntos el canto del cielo.

Ellos inician el equilibrio de la noche tras dejar sus otras vidas durante la pernota. Sucumben ante el transito de la metrópoli esperando un boleto de regreso que concilie su somnolencia y mas aun desenmarañe la trama de posibilidades que trae la luz del día para con ello concluir en el desbordante mundo quimérico.

Ya abrieron los ojos que raudamente fijaron en el blanco calcio de las paredes, parpadearon y gimieron volvieron a girar sobre si y sintieron un vacuo hoyo en sus vientres comprendieron que lo anhelaron y pensando en la ciudad que los alejaba contaron los kilómetros de distancia. Sus voces ya no eran su última alternativa era una total pesadilla, era el final. Nunca podrían soñar juntos.





UNISEX


fotografìa de Helena Almeida
CUENTO

Por
Daniela Hernàndez
Especial para La Moviola




Se le había metido en la cabeza, sólo permitiría ser tocada o tocado –como a usted más le guste– en las noches de luna llena. Aunque mejor aclaro a tiempo, sólo manosearía sus órganos en las noches de luna llena, porque hace ya un tiempo que se había más que convencido o convencida –como usted más lo tolere– que debía aprovechar ser masculina y femenino o femenina y masculino –como más claro le resulte– a su favor. Así que se encerraba en su cuarto, comía dulces para pensar en cosas ricas. Apagaba la luz para que el sentimiento de culpa se demorara un poco en encontrarlo o encontrarla –según como se dieran las cosas– y mientras alguna chocolatina se derretía bajo su lengua, comenzaría a maniobrar. La mano izquierda tenía bastante experiencia con la parte Y de su cuerpo, mientras que la derecha, por su lado, estaba más que acostumbrada a la parte X. El conflicto venía luego y era cuando él o ella –como más fácil usted lo pueda digerir– tenía que decidir cuál de sus partes macho o hembra, sería la encargada o encargado –según el juego y la velocidad y la subordinación que hasta esa altura llevaran sus manos– de producir el estallido final.

CORAZON DE TRAPO ( 3) (4) (5)

Pintura de Andrew Wyeth.



Continúan las tres últimas partes del cuento de la escritora Colombiana Sandra Jubelly García...



CUENTO




Por

Sandra Jubelly García.




continuación...







III. La pavura


El abuelo de Rafael era un hombre valiente, con la vocación que todo campesino tiene por el trabajo rudo. Era un hombre de baja estatura pero con gran fuerza. Rafael lo veía cargar bultos de estiércol, leña, un novillo, con una facilidad increíble. A Rafael lo cargaba como si fuera de papel.
El sendero a la escuela era largo y penoso. Había que llevar machete porque a pesar de que se abriera trocha a diario, la maleza se empeñaba en crecer y cerrar el camino. El abuelo le decía que la maleza crecía a sus espaldas, que después de dejarlo en la escuela, de regreso a la casa, tenía que volver a abrir camino porque el rastrojo ya habría crecido. Rafael le creía. Un día en el que Rafael se enterró una astilla en el pie y no podía caminar, el abuelo lo llevó alzado a la escuela; con un brazo lo cargaba y con el otro macheteaba la hierba. Para sorpresa suya llegaron mucho antes que todos los días y entonces supo que su abuelo era realmente fuerte.
Eran las tres de la tarde cuando llegaron a la casa “los pájaros”. Así le decían a los matones a los que todos, menos su abuelo, temían. Era domingo y su madre se había ido al mercado. Rafael jugaba con unos muñecos de madera que le había tallado el abuelo y este guadañaba el frente de la casa cuando los vio de lejos. El abuelo cargó a Rafael, lo metió en la canasta de la verdura que estaba casi vacía y lo cubrió con hojas de plátano. Le dijo:
· Quédese ahí y pase lo que pase no salga.

Se paró a esperarlos con el machete en la mano. Rafael vio cómo mataron a su abuelo; cómo entre varios hombres le dieron planazos en la cara, el pecho y los testículos; vio cómo, cuando el abuelo no se pudo parar, echaron a suertes su modo de muerte. Arrojaron una moneda al aire para ver si le hacían el corte corbata o el corte franela. Le tocó el corte corbata. Rafael vio cómo lo degollaron y le sacaron la lengua por la garganta. Su abuelo murió mirándolo. Rafael tembló, pero no lloró, el pánico le cerró la boca. Desde aquel día lo acompañaría para siempre un terrible dolor en el corazón, que le obligaría a caminar ligeramente inclinado a la izquierda, como si cargara un enorme peso.
La noche en que mataron a su abuelo, el tío Rafael casi muere por la fiebre, pero en su delirio jamás cerró los ojos. Los tenía espantosamente abiertos y en su cara grabado el terror. Acaso no quería cerrarlos por no ver la escena repetirse en su memoria. La fiebre cedió pero el tío Rafael durmió esa noche con los ojos abiertos. Jamás supo cómo habría sido el corte franela, pero temblaba imaginándolo.





IV. El dolo

Rafael era un niño retraído, esquivo, decía la maestra. Jugaba en la soledad de su cuarto. El juego siempre era el mismo: tomaba los muñecos de madera que le había tallado el abuelo, uno de los cuales era un poco más grande que los otros y por tener menos detalles parecía un tanto deforme. Rafael imaginaba en aquel muñeco al abuelo, lo imaginaba con poderes supremos, dotado de una enorme fuerza, capaz de destruirlo todo con sólo tocarlo. Los otros eran, en la imaginación de Rafael, los hombres que lo habían matado. En su juego el abuelo los esperaba como aquel día, pero esta vez no tenía el machete; estaba armado sólo con el poder de sus puños; los hombres llegaban y el abuelo los hacia trizas de suerte que, por causa del juego, los muñecos, todos menos el del abuelo, terminaban mutilados.
La partitura del juego siempre era la misma y se repetía casi sin variaciones y en silencio. Nadie al verlo jugar podría percibir la violencia que encerraba aquel acto. El juego parecía inocente pero el corazón de Rafael estaba preñado de dolor y henchido de ira: imaginaba en aquellos hombres un gran sufrimiento. Al terminar, Rafael se tendía en el suelo, agitado, sudoroso y con un enorme dolor en el pecho.
Le tomaba algunos minutos reestablecerse y cuando lo hacía tomaba sus muñecos con suma delicadeza, como si hubiese sido otro el que los destrozara, los reparaba con trozos de jabón como veía hacerlo a su madre para rellenar los huecos en el lavadero o pegar el marco del retrato del Sagrado Corazón de Jesús.
Con el tiempo el juego de Rafael tuvo una profunda variación. Ahora el muñeco grande no era su abuelo sino él mismo. No se imaginaba con atributos especiales, ni con una fuerza descomunal. Solía imaginarse tal y como era, pero con la capacidad de destruir a aquellos hombres. En la escena el abuelo se paraba a esperarlos, estos llegaban, pero antes de que algo sucediera, antes de cualquier golpe, llegaba Rafael y los destruía a todos. Esta nueva versión de la historia le dejaba un dolor menos agudo en el pecho. Había algo de alivio en el juego, sobre todo cuando pensaba con absoluta certeza, mientras remendaba los muñecos con jabón, que si alguna vez se encontraba a esos hombres, los mataría.
Una tarde de domingo su madre lo llevó al circo. Lo vistió con el traje de ir a la misa y ella a su vez se acicaló para ver la función de despedida del espectáculo que estaba de paso por el pueblo. Rafael estaba ansioso. Los niños de la escuela, que ya habían visto la función, hablaban emocionados de las maravillas del circo, pero lo que más le inquietaba a Rafael eran los prodigios de un mago que desapareció una mula ante los ojos de todos. Decían que el mago tenía pacto con el diablo. Los niños tenían prohibido acercársele, pero la maestra desmintió la versión y entonces su madre lo llevó al circo.
Camino al pueblo la madre le ordenó que se adelantara a la tienda a pedir el maíz para las gallinas. Rafael corrió temiendo que se hiciera tarde para ver al mago. Cuando llegó a la tienda tuvo una horrenda visión y el corazón se le encogió de terror: vio a dos de los hombres que habían matado a su abuelo. Estaban en la mesa tomando guarapo. La dueña los atendía asustada. Rafael cerró los ojos y vio que uno de ellos se le acercaba: sintió algo tibio que corría por sus piernas, abrió los ojos pero los hombres seguían en el mismo lugar, bebiendo sin mirarlo. Rafael se había orinado en los pantalones. La dueña corrió en su auxilio y sin preguntarle le entregó el maíz que el niño no había podido pedir.
· Su mamá no llevó el maíz esta mañana, dígale que después me lo paga. Váyase.
Llegó temblando donde su madre lo esperaba, le entregó el encargo sin hablar y entraron al circo. En esa ocasión el mago generoso no solo desapareció una mula, sino que también hizo desaparecer a su ayudante, tan robusta que, como a la mula, habría sido imposible esconderla en la manga de la camisa. A Rafael le dolía el corazón más que de costumbre y no podía dejar de pensar en los hombres que había visto. Temió por su madre. Lloró por dentro. Anheló con todas sus fuerzas tener los poderes del mago para desaparecer con ella. Pensó que era mejor estar en compañía de la mula y la mujer gorda que en ese pueblo en el que ya no podía respirar.
La función terminó y la esperanza se enraizó hondamente en Rafael. Mientras su madre hablaba con dos señoras del pueblo, se las arregló para entrevistarse con el mago. Temblando le pidió que le enseñara las artes de la magia; hablaron largo rato y el mago le reveló su secreto. Al final de la charla Rafael le preguntó:
— ¿Adónde fueron?
— ¿Quiénes?
— La mula y la señora.
El mago no alcanzó a responder porque su madre lo sacó a rastras del lugar. Aquella noche Rafael tuvo fiebre y volvió a dormir con los ojos abiertos. Esta vez no temía a las imágenes de la muerte de su abuelo. Temía a ese lugar que no podía imaginar, al lugar donde se hallaban la señora y la mula, el lugar desconocido al que llegaría con su madre si desaparecían, ese no lugar.
Pasó el tiempo y Rafael no se atrevió a realizar las prácticas de la magia pero guardaba en su alma las instrucciones del mago, las repasaba con devoción, como quien hace una plegaria.





V. La resignación

El tío Rafael abandonó la niñez y pasó a la adolescencia, unas veces queriendo matar y otras queriendo morirse. La muerte de su abuelo era ya un recuerdo vago, como el dolor en su corazón que a fuerza de sentir lo había olvidado. Pero de lo que jamás se vio desprovisto, lo que jamás lo abandonó fue su deseo de ser mago.
Hizo hasta quinto de primaria y nunca había leído ningún libro distinto a las cartillas con las que no aprendió historia, ni geografía, ni castellano, ni matemáticas. Alguien decía que no buscamos los libros, sino que ellos nos encuentran. Así se encontró Rafael con el único libro que leyó en su vida y que marcó su destino: El origen de las especies. Lo leyó por aburrimiento, pero a medida que avanzaba se interesó de tal manera que no lograba despojarse de su yugo.
A pesar de que la lectura estaba llena de tropiezos, porque no entendía gran parte de las palabras, sentía el doloroso placer de estar frente a un gran descubrimiento, frente a una tremenda revelación. Se le reveló el universo con toda su inmensidad. En aquella ocasión comprendió que el mundo era gigantesco, que el tiempo era infinito y que él no era nada en ese colosal concierto. Ni él, ni su madre, ni su pueblo, ni nada de lo que conocía. Todo se redujo a nada.
El día que terminó de leer salió al solar, vio a su madre azuzar las gallinas y con cariño pensó:
— ¡Pobre! No sabe que viene de un mico.
Ahora para Rafael todo adquiría un nuevo significado. Padeció al pensar que en la naturaleza sólo sobrevive el más fuerte que para el caso es aquel que tenga la capacidad de adaptarse. Quizá Rafael no entendía el sentido en que Darwin empleaba el término adaptación, pero tuvo la certeza de no haberse sentido seguro en el mundo nunca. Él y su madre estaban lejos de ser los más fuertes. De nuevo se repitió en él la necesidad de hacer algo, algo que los salvara de la muerte, de la extinción por selección natural, así que decidió poner en práctica las lecciones de magia. Había llegado el momento. Ya no temía al lugar adonde iría con su madre. Nada podría ser peor que la hostilidad del mundo en que vivía, porque ahora el peligro no estaba cifrado en la posibilidad de morir a manos de alguien. Ahora también la naturaleza conspiraba en su contra.
Aquel día Rafael repasó en su memoria las instrucciones que el mago del circo le había dado. El asunto era sencillo y complejo a la vez porque debía realizar cosas con las que no estaba familiarizado. El primer paso consistía en poner su mente en blanco, que según el mago era no pensar en nada. Rafael emprendió la tarea, practicó a diario, pero no consiguió no pensar. Cuando se sentaba en el solar a no pensar, pensaba en las primeras cosas que haría cuando fuera mago antes de desaparecer, recordaba la escuela, pensaba en su madre y recordaba al abuelo. Cada cierto tiempo sacudía la cabeza y pensaba que debía dejar de pensar y, en ese instante, pensaba que no era posible no pensar porque en el intento de no pensar inevitablemente pensaría. Sus ideas se enredaban. Rafael se confundía y desistía de puro cansancio.
Al día siguiente lo volvía a intentar sin conseguirlo, hasta que un día llovió a la hora en que intentaba no pensar y se puso a mirar la lluvia, las gotas de agua cayendo en la tierra. Durante un tiempo muy corto tuvo algo así como una ausencia y por un momento no pensó en nada, ni siquiera tuvo consciencia de sí mismo; cuando volvió en sí supo que había logrado poner la mente en blanco.
Ahora podría ir al siguiente paso que consistía en mirar el sol fijamente. Según el mago, Rafael sentiría el momento en el que el poder de la magia otorgado por el sol se alojara en su cuerpo. Entonces podría hacer desaparecer las cosas. Rafael puso su mente en blanco y miró al sol durante años hasta quedar completamente ciego.
Durante los primeros años de su práctica y bajo el influjo de la sugestión, sentía que el sol le confería los anhelados poderes. Varias veces se sintió diferente, pleno de un don que sólo él notaba y que lo hacia superior a todos los mortales. Se sentía como Cristo y llegó a pensar que por aquella vía algún día se comunicaría con Él. Tenía la certeza de que Jesucristo lo observaba y aguardaba a que estuviese listo para manifestársele.
Cuando empezó a notar que estaba perdiendo la visión y que por más esfuerzos que hacía no lograba desaparecer nada, pese a pronunciar una y otra vez, con fe infinita, las palabras que con tanto recelo había guardado y custodiado en el fondo de su alma, dejó de creer en el mago, en Dios y en Cristo. No obstante nunca abandonó aquel ritual doloroso. El tío decidió quedarse ciego, decidió dejar de ver. Si no podía desaparecer del mundo, entonces que el mundo desapareciera de él.

Ahora pienso que el tío Rafael quería borrar con dolor la huella que la muerte de su abuelo había dejado en sus ojos y hospedado en su corazón. Quería prescindir de aquel peso en el lado izquierdo del pecho que con el tiempo aumentaba. No sé si entonces logró sentirse más apto para la vida, si dejó de temer, si su corazón dejó de ser de trapo. Sé que cuando su madre estaba muriendo lo tomó de la mano, lo miró con tristeza y pensó:
— Pobre Rafaelito.
Sé también que murió de viejo y que en el pueblo le hicieron un modesto entierro.
He vuelto en el tiempo a los días en que el tío Rafael se paraba en la puerta con su bastón apuntando al frente y con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba. He visto a la niña que era yo, mirándolo con curiosidad. Viéndome he pensado:
— Pobre. No sabes que dejarás de ser niña, que descubrirás al hombre y su historia, que conocerás la infamia, que perderás la esperanza, que arrullarás a tu hijo y llorarás por él, por el mundo tan triste en el que lo dejas. No sabes que un día cantarás, a ritmo de tango y con dolorosa convicción “que el mundo fue y será una porquería”. No sabes que un día te encontrarás contigo y sentirás pena por ti.




FIN

AUBE ( CUENTO INEDITO )


( CUENTO INEDITO)

Por
Nini Sánchez






“con mi cuerpo al lado de su cuerpo, con mi alma al lado de su alma (pero sólo al lado ¿comprendes?)”

Sándor Márai





Despierto y siento frio, la mañana normalmente es más acogedora, normalmente se me pegan las sábanas al cuerpo y me envuelve el calor de su cuerpo que nunca se enfría, que calienta mis pies cuando llego tarde y triste por la calle oscura.
Abro los ojos y la habitación está iluminada por una luz mortecina, es uno de esos amaneceres que se cuelgan de la luz de la tarde y pareciera que oscurece en vez de aclarar. ¿Por qué esta pesadumbre? Todo está igual que ayer, tranquilo como las cosas de la casa, todo respira bajo el mismo ritmo y se acomoda de la forma inalterable que toman los muebles con el tiempo, con esa imagen fija que perdura en la memoria a pesar de los años y que nos deja una única mirada estática en las pupilas.
Volteo y él está ahí, tiene los ojos cerrados, duerme aún, respira sin pausa y sin prisa, lleno de la certidumbre del descanso se mueve como si fuera a despertar, pero en su lugar sigue durmiendo, sonríe, se queda unos instantes más en la distancia del sueño, en su calma inconsciente.
Me levanto y siento todo el frio de la mañana en el cuerpo, la piel se me eriza y busco en la cocina un sorbo de café que cubra todo del olor de este día, tan…
Miro al espejo una mujer que tiene unos ojos hermosos, grandes, provocativos, pero que está como ausente, lejana dentro de tanto objeto, incapaz de reconocerse en la casa y que sale a recorrerla desnuda como calentando con sus pasos el tiempo que amanece en ella.
Abro los ojos y siento que ya he despertado, miro a mi lado y él aún duerme, se mueve y al despertarse me mira como mirando un espejo en el que se refleja su rostro y sonríe con la imagen vacía del que práctica una mueca, un gesto que debe mostrar en público todo el día.
No hay café, aquí nunca hay café, deseo tanto un sorbo en este momento, pero en esta casa no se toma tinto, no es bueno para mi salud ni para mi digestión, me dice… yo creo que es cierto, que él se preocupa y lo dejo hacer y decir sin vacilación, tal vez todo sea para bien.
Hoy amanece y ya no hay más luz, ya no hay manera de llenar el espacio de esta habitación ni de sus espacios contiguos; hoy ya no hay anhelos de café, ni aromas, ni calor, ni…
Me levanto y mis pies recorren la distancia penosa de verme en el vacio de la casa, todo sigue en su lugar: los libros que compramos y leímos, los que no leímos también están apilados esperando su turno para saltar del estante. Siempre me gustó esa biblioteca, era como un muro que nos dividía y que ambos habíamos construido palmo a palmo, hasta en lo absurdo y caótico de su composición.
Todos me saludan y desayunamos juntos y sonreímos como se sonríe todos los días y se desea que sigamos siendo invariablemente felices.
Amanece pero ya nada en esta casa puede sonreír, la imagen del espejo se desdibuja en sombras y no logro decir nada a nadie, a mí, a él… es terrible, pero un día, en el recorrido hacia el baño, buscando amanecer, me perdí en el camino, olvidé por qué caminaba, bajé las escaleras, apenas vestida y eché a andar sin destino. Tenía la puerta tras de mí, su rostro de buenos días, su mueca perfecta de satisfacción, la familia que me pidió, el hijo que debía llegar, el hogar que soñó e hizo realidad conmigo, pero algo faltaba y salí a buscarlo.

EMANCIPACION ( CUENTO)




Por:


Sandra Jubelly García





Eduardo era su nombre, eunuco de nacimiento (o como dirían los médicos: afectado por una trisomía en el par de cromosomas sexuales: XXY).
Quizá por ello su vocación religiosa, como religiosa su vocación por coleccionar toda suerte de adminículos de escritura: esferos, estilógrafos, plumas de toda clase y demás aparatos para la caligrafía.
No sabía muy bien qué le atraía tanto de aquellos objetos. Cuando intentaba discernirlo, no lograba decidir si era su forma fálica, como una especie de sublimación del deseo, como una suerte de sustitución de la ausencia, o si era su función lo que le cautivaba.
Con el tiempo descubrió que la atracción no radicaba en los objetos sino en lo que producían, en la escritura. Pero no tanto por la urgencia de comunicarse, como por una extraña fascinación por la grafía.
La forma de las letras se convirtió en su objeto de estudio y su escritura era, entonces, un éxodo que no pretendía argumentar, más bien trasegar por la forma.
Este transito lo condujo al sema, quiso encontrar una relación entre la forma de las palabras y su significado.
La tarea era cada vez más ardua y hallar la procedencia de las palabras, su origen, lo hizo habitar el latín, el griego, el árabe.
Al cabo del tiempo se hizo al trabajo de crear una nueva lengua a partir de una serie de ecuaciones combinatorias, e hilaba frases con las que, sin proponérselo, lograba sentidos profundos.
Inventó palabras que definían con mayor precisión conceptos abstractos y revitalizó las palabras que habían perdido sentido por exceso de uso. Re-inventó las palabras: amor, paz, ayer, hoy, política, guerra, emancipación...
Un día mientras caminaba notó un hueco en su zapato y pensó en qué palabra podría definir ese hecho, pensó cómo dar razón en una palabra, no del zapato, ni del hueco, sino del tiempo, el tiempo que lesiona, transforma, desgasta, modifica, el tiempo que era aquel hueco.
Hizo ejercicios de malabarismo, pero esta vez las palabras le huían, eran humo en sus manos. Por una extraña razón todas las combinaciones eran inapropiadas y no sólo las palabras más triviales carecían de sentido, si no que sus formas le resultaban odiosas. Pensó: huevo, zorro, zanahoria, puerta, ventana. De repente todo era raro, las palabras se vaciaron. Notó que ya no entendía muy bien la diferencia entre una y otra.
También su nombre, el suyo, le resultó ajeno, lo repetía una y otra vez en un esfuerzo por hacerlo coincidir con su persona. Lo repitió tanto que poco a poco el referente fue desapareciendo y dejó de saber a qué respondía ese nombre: dejó de saber su nombre.
Y de Eduardo sólo quedó el eco de su voz que repetía un nombre extraño y el hueco en su zapato.

Cronopio mirando el reloj


Por: Diana Carolina Moreno
Redactora de La Moviola



Ruido, caos, ambulancias, gente con afán, niños que son ignorados, hambre, guerra, silencios, ausencias, dolor, llanto, abandono, depresión, pobreza, desesperanza, desamor, afán…

El reloj ya no da más su tranquilo tic tac, ahora la producción está atrasada y es pertinente darle cuerda al cuerpo para que rinda lo que tiene que durar, lo que tiene que soportar, lo que tiene que aguantar para poder ser medianamente apto para el consumo, para el dinero, para los intereses de las grandes industrias de hombres grises.

Ya no hay tiempo para las sonrisas cargadas de sorpresa, de admiración, de tranquilidad; ya no hay tiempo para los abrazos entre desconocidos mientras cruzan sus miradas por la calle; ya no hay tiempo para las charlas sobre los sueños y el cambio; ya no cabemos en las celdas del alma, ahora nos toca entrar en las de cemento.

Ahora necesitamos tiempo, probamos con la tecnología mágica un abrazo cálido para el alma, un refugio constante para los pensamientos, una necesidad de querer amar y sentir un beso que no volverá. Elegir para luego ser condenados, elegir mejor con la convicción de querer vivir, de apostar por soñar, de soñar para jugar, y jugar para reir.

Mil segundos más, mil segundos más, mil segundos más, mil segundos más recargables de mil segundos más… cuando la noche llegué y el alma quiera respirar, es mejor invitarla a pasear por los jardines de la duermevela, cerrar los ojos y sentir el viento sin prisa, con los recados de los susurros de otras voces que también nos invitan a volar, a desear y sobre todo abir los ojos y creer de nuevo.