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Dos o tres cosas que (apenas) sé de él…






                        


Notas sobre el 14º Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI)






Por


Sebastián Russo*


Especial para La Moviola


Buenos Aires (Argentina)





Terminó un nuevo BAFICI, el 14avo, y como suele suceder, al abarrotamiento de films, le sigue la revisión, y el volver sobre aquellos que han dejado marca. En este caso presento dos textos sobre dos de los films que por distintas razones resultaron(me) de particular interés reseñar.

El primero, Policeman, no solo por ser el ganador de la Competencia Internacional, sino por encontrar un modo irónico y frío de retratar a la sociedad israelí contemporánea. No al radical modo deconstructivo de Avi Mograbi en Z32, sino eligiendo un modo narrativo donde la critica emerge sutil en el mismo fluir del relato (hasta que la brutalidad –inevitablemente- irrumpe)

Y el segundo, This is not a film, por ser tanto una propuesta que discute las formas representacionales, como por encarnar tales discusiones en la muy concreta imposibilidad de filmar de su director, a través de una condena de su propio país, que incluye la posibilidad de ser encarcelado por hacer “propaganda contra el régimen”.

Dos films que exceden la cinefilia que el BAFICI exuda incluso exageradamente, para entramarse social, políticamente, pero sin perder (o sosteniéndose en) una problematización de las formas cinematográficas de representar el (un) mundo.





Policeman

Nadav Lapid (Israel/2011)



Israel, hoy, emerge como ámbito donde la opresión y la certidumbre, donde la verdad incuestionada y el terror, conviven. Aunque podríamos pensar que una cosa no va sin la otra, y que convierten a Israel, hoy, en un Estado totalitario. Es decir, un Estado que tiene una verdad, y que la defiende con eficiencia militar. Una eficiencia estatal para que ese Estado (y su entorno) siga siendo de un modo.



“Policeman”, contiene varias violencias que la atraviesan. La más evidente, la más brutal, es la frialdad, y eficiencia con la que se liquida a un opositor (sabiéndolo incluso uno de poca monta) La menos evidente (y por ello, por su invisibilidad, la mayor virulencia) reside en la cotidianeidad, por tanto, naturalidad, con la que tal violencia se ejerce, se vive, se introyecta en los cuerpos, en el cuerpo social todo.



Policeman, retrata, y en un principio de modo irónico, la cotidianeidad de uno de los miembros de un grupo de elite de la policía israelí. A través de vínculos interpersonales que encarna, y exudan un cariño encorsetado por una violencia que siempre es implícito trasfondo actitudinal: su mujer, el hijo que tendrá con ella, su familia, sus amistades, una mesera quinceañera. Entre la indiferencia y el gesto automatizado, entre la cordialidad y la frialdad. Pero es con sus colegas, fuera de su tareas policiales, donde su cuerpo se expresa maquinizado, respuesta exacta al estimulo reaccionario de ser miembro no solo de una sociedad de terrores enquistados (produciendo enquistamientos aterrorizantes), sino de la fuerza de elite de esa misma sociedad. O sea, el elemento consumado de una endógena política terrorista, constructora y atemorizada de terrorismos exógenos.



El modo irónico, se expresa inicialmente ante los automatismos burdos de una masculinidad expresada en golpes en los hombros, gestos rudos, y frialdad internalizada. Y ante una elección narrativa que privilegia los tiempos muertos, los tiempos de espera, a la acción. Dejando a aquellos tiempos, los canónicos del cine-acción, que son puro acto, en los prolegómenos incómodos de la misma acción. Sumado a un esteticismo expresado en composiciones precisas, disruptivas de los modos prototípicos de distribución de formas en cuadros cinematográficos, en cámaras inmóviles que ven pasar la acción sin acompañarla (evidenciando la presencia del dispositivo, y así, una interpretación distante de dicha burda acción), hacen de este film no un mero relato de la acción, sino una obra que expresa formalmente su punto de vista sobre lo que representa.



El contrapunto del grupo de elite policial, lo constituye un grupo de jóvenes pretendidamente revolucionarios, que se lanzan a una acción suicida, desde una convicción político-ideológica anticapitalista, pero desde una seguridad de clase (la que dictaría implícitamente que nada malo a ellos podría ocurrirles) que el mismo grupo de elite extermina con eficacia aterradora.



Así, Policeman, es también (o fundamentalmente) un retrato de Israel hoy. Del grado sumo del conservadurismo neoliberal, expresado, por un lado en la escasa resistencia que al menos estos pseudo revolucionarios de clases acomodadas pueden ejercer, pero sobretodo, en la naturalización de una violencia cotidiana, asimilada por un cuerpo social, de escasa autorreflexión, consumo desenfrenado, e imposibilitado de ver lo eficaz que resulta ver el enemigo detrás de los muros (de lamentos/lamentables) que el mismo levanta.





This is not a film

Jafar Panahi y Mojtaba Mirtahmasb (Irán/2011)



El noema “esto no es”, discutiendo lo que nuestra visión esta viendo que sí “es”, tiene una tradición de profusa pregnancia en las ciencias humanas occidentales. Y fue Michel Foucault (vaya si pregnante pensador en nuestras academias, y aun mas, en nuestras vulgatas académicas) quien contemporáneamente recuperando un cuadro de Magritte, en el que una inequívoca pipa dibujada estaba acompañada por un texto que rezaba “esto no es una pipa”, hizo de este apotegma cuestionador de la relación entre palabras y cosas, un insospechado hito masivo, un inesperadamente difundido tajo en nuestros naturalizados vínculos representacionales.



“This is not a film” (2011), la última película del iraní Jafar Panahi, junto a su compatriota y documentalista Mojtaba Mirtahmasb, tiene como atributo menos logrado, esta referencia magrittesca-foucaultiana. Y no porque no sea precisamente una puesta en cuestión de los modos de representación, o en tal caso un intento por sortear las canónicas, y por ello literalmente condenables, formas de producción/expresión de “un film”. Sino porque la vulgarización de aquel noema, impide evidenciar la increíble singularidad del “caso Panahi”.



Brevemente: al director de El círculo (León de Oro en Venecia 2000) y Offside (Oso de Oro en Berlín 2006), el gobierno iraní no solo le impediría filmar por 20 años, sino que está siendo juzgado con posibilidades concretas de pasar 6 años en prisión, por “actuar contra la seguridad nacional y hacer propaganda contra el régimen". Sobre este caso se han hecho varias solicitadas internacionales, y la comunidad cinéfila organizada ha hecho lo suyo, si aun conseguir su absolución.



Ante estas posibles condenas, y como modo de no solo visibilizar el caso sino de que se revea la posible sentencia (es decir, un film que además de representar, busca ser presencia vital, arma, herramienta), Panahi (junto a Mirtahmasb) decide realizar un film que además de expresarse (como mínimo) como una reflexión sobre la representación cinematográfica, pueda sortear el cerco judicial de su país (y que de hecho fue enviado a Cannes en un USB dentro de un pastel), en su propia casa, confinado como está a un arresto domiciliario a la espera del veredicto final.



De ahí, que el gesto político-burlón del título, que incluye un virtual borramiento de su estatuto como obra cinematográfica, supuestamente para no ser interpretada como tal por quienes le impiden hacer films, arrastra otro planteamiento político, en este caso, el de una política de la imagen, el de una política de la imagen cinematográfica, incluso el de una filosofía del cine. Dónde comienza (donde termina, pero también, quien lo determina, bajo que circunstancias, bajo que batallas representacionales, institucionales) el estatuto de obra, de film, de imagen-de-cine.



Panahi, en su casa, convoca, como se dijo, a su amigo documentalista Mirtahmasb, para que él filme un guión que el mismo Panahi intenta infructuosamente contar, incluso actuar. Tal imposibilidad es la que anida como sustrato fundamental (representacional-cinematográfico), a lo largo de todo film. Pero que aquí se expresa no solo en la angustiante incapacidad de seguir adelante de Panahi, sino en los conflictos que irrumpen entre estos dos cineastas por llevar a cabo un film, un no-film.



Así, emergen preguntas fundamentales ¿El cine consta de “narrar”? ¿El cine es una relación (conflictiva, afectiva) con otros? Preguntas remanidas, pero que aquí se actualizan con una brutal indicialidad, con una carnalidad infrecuente, abismada. El que las expresa, no puede filmar, no puede narrar, y por haberlo hecho (y de ciertos modos, en cierto ámbito) esta por perder el vínculo cotidiano con sus afectos.



Sin la densidad moral que se podría haber sospechado que el film expresaría, y que lo colocaría más cercano a un panfleto, un líbelo, que a una obra con cierto grado de autonomismo (es decir, con la capacidad de expresar sentido de modo complejo, y no de formas lineales), “This is not a film”, termina navegando en los intersticios de una voluntad cercenada, de una conciencia torturada. Y finaliza narrando un encuentro casual entre Panahi y el encargado de su edificio, que carga de una maravillosa cotidianeidad al relato, la cotidianeidad que sería (parece expresarse de modo sutil y hondo) lo más añorado, lo más difícil de soportar perder, ante un encierro.



Escena final que engendra una inesperada narratividad empática, no extrañada, no intelectualizada, pareciendo constituirse en el necesario vínculo afectivo que estos realizadores, concretamente condenados, intentan generar con quien asiste al visionado de este film. Alguien que ante este film/no-film, se convierte (debe convertirse) así en un no-(mero)espectador.




Sebastian Russo es Sociologo y ensayista argentino .Docente de Antropologìa y sociologìa del arte (UBA)

La vuelta del gran relato (¿pero cuando es que se había ido?)



Apuntes sobre el 52 Festival de Cartagena 2012



Por
Sebastián Russo
Especial para La Moviola





Los años 90, los ya míticos años 90, dejaron varios legados. El grunge, lo cool y las benditas pequeñas historias. En cine, y particularmente en la Argentina (pero siendo un proceso que con distintas intensidades y singularidades tuvo expresiones en distintas cinematografías nacionales), hacia fines de los 90 surge el así llamado “Nuevo cine argentino”. Y con él, las instituciones que sirvieron para nombrarlo, legitimarlo, hacerlo pervivir, incluso mutar: revistas especializadas –como El Amante-, universidades –como la FUC-, festivales –como el BAFICI-. De las muchas características que intentan delinearlo, la del pequeño relato es tal vez la más relevante, incluso por sus vínculos y derivaciones sobre otras disciplinas y planos de la vida social. La posmodernidad –claro, de ella estamos, una vez más, hablando: marco donde las mentadas “pequeñas historias” tienen lugar y se entronan apoteóticas- es el rasgo cultural de toda una era, la neoliberal (al decir de Frederic Jameson)



El último festival de Cartagena, su versión 52, dejó la sensación (al menos en quien escribe estas líneas), y por qué no decirlo, la esperanza, del fin del reinado de esta propuesta estético narrativa propia de la posmodernidad. Que de hecho es una propuesta por lo anti-narrativo, pero ya no como en las mejores tradiciones de la vanguardia (de la imagen percepción del surrealismo en los 20/30, al anti cine de los situacionistas en los 60) donde el debate tenía como contrincante la gran narrativa moderna, ilustrada, sino, en el fin del siglo XX, volviéndose un gesto ensimismado, paródico, pero de parodia vacía, de esquizofrénica y en la lógica del pastiche (tambien al decir de Jameson) O sea, no solo una suerte de debate farsesco en relación con el gran relato hegemónico, sino incluso fortaleciendolo, por quedar invisibilizado, intocable, indiscutido, por microrelatos que abjuran de contextos mayores, trascendentes.

No solo la ganadora del festival (El estudiante –2011-, del argentino Santiago Mitre), sino gran parte de las restantes, tiene a la narración como estrategia discursiva fundamental, y articuladora de un relato que es: o de dimensiones épicas, de densa estructura, o de fragmentos que así mismo se entraman en enclaves contextuales que los exceden y contienen.

Parecería así que lentamente los experimentos formales anti-narrativos, y encerrados sobre sí mismos, se reubican como lo que son, meras experimentaciones estetizantes, micro historias y la vieja premisa canónica cinematográfica: contar historias, tuviera un renovado resurgir.

Situación tan deseable, como problemática, claro. La apologética posmoderna produjo fanfarria en torno a un neo-nihilismo, de jugueteos con el lenguaje, vaciamiento de sentido, y crítica intelectual. Todos atributos fundamentales para discutir la reprochable carcaza imperturbable de la narrativa tradicional, pero en absoluto sustento necesario para la desaparición de “la historia”, ni para ser dichos atributos fundamentos, sino herramientas, puntos de partida para una nueva narración.

En lo que podríamos pensar como un momento de nueva sintesis, gran parte de los films de la competencia ofical recuperan el oficio y espiritu narrador, pero incorporando aquellas herramientas críticas que la posmodernidad entendió valiosas en sí mismas. Porque toda vuelta, es una re-vuelta. No es repetición, claro, sino reconfiguración. Y en este caso, y en estas peliculas, se trata de una condensación de estéticas, de paradigmas. Tal vez empezando a tantear uno nuevo, un –digamos, y por fiaca intelectual- “post-post-modernismo”. De hecho, en Argentina, ya se habla de este post-post, en relación a un regreso de la narración (aunque de nuevo tipo, claro está) de la mano de Mariano Llinás (“Historias extraordinarias”, 2008), y directores que de algún modo lo rodean. Y que el sociólogo argentino Esteban Di Paola liga a una vuelta del relato político (incluso del histórico –que en la inauguración de un Insituto de neo-revisionismo histórico por parte del gobierno argentino es solo una huella-), en la Argentina post 2003, o sea en la llamada era kirchnerista.

En el caso de este Festival de Cartagena que pasó, nos encontramos, de hecho, con narraciones familiares, cuasi novelescas, de personajes densos, densificados, en el marco de contextos tanto existenciales, como históricos y de clase (Las malas intenciones), epocales (El año del tigre), sociales (Heleno, Las acacias y Chocó), de género (Chocó), políticos (El estudiante), generacionales (Las malas intenciones, El Estudiante), disciplinarios (Vaquero) Es decir una revalorización del con-texto, como marco necesario y trascendente para los historias a narrar.

Podríamos tomar dos de los films presentados en la competencia oficial para ejemplificar lo que queremos decir. Por un lado Las malas intenciones, de Rosario García Montero (Perú, 2011) Donde se construye una gran novela familiar (alla “La casa de los espíritus”), arraigando en la tradición novelera latinoamericana, y que resulta un gran retrato de la clase alta limeña, a través de una niña, de padres separados y madre ausente.
Familia que vive dándole la espalda a una realidad conflictiva (está situada en los años 1982 y el surgimiento del grupo guerrillero Sendero Luminoso), levantando sus muros (metafórica y fácticamente), intentando volverse invisible, pero aprovechándose económica y políticamente de esta situación.

Y por otro Iceberg (España, 2011) que podríamos tomar como contraejemplo (excepcion que confirma regla) de lo que venimos sosteniendo. Con una narración que se encierra sobre sí misma, vaciada de diálogos, de simbolos. Un vaciamiento que resulta más un uso excesivo de la tipología posmoderna del cine artie, que un recurso expresivo significativo. Cuantro jóvenes, de problemáticas diversas, que efectivamente son icebergs, o sea, el indicio de algo mayor. Y la estructura, incluso es icebergiana, pero al punto de no vislumbrar más que fragmentos. Una estética del iceberg, que termina siendo menos un insumo expresivo de interés, que cliche (pos) modernista. Y curiosamente la pelicula más conservadora (del cliché vanguardista), resulta ser española. Es decir, Europa, no solo parece retrasar en sus políticas económico-sociales, sino también en las estéticas. Claro, a través de algunos de sus representantes, menores por cierto. Ya que otros, como Claire Denis (además de directora del jurado, su obra fue motivo de retrospectiva), los hermanos Dardene (de quienes se proyectó “El niño de la bicicleta” –Bélgica, 2011-), Win Wenders (se programó “Pina” –Alemania, 2011-), nunca perdieron de vista el con-texto, y el magistral arte de narrar.

En una entrevista que pudimos realizar a Luis Ospina (y que publicaremos en el próximo número de Tierra en Trance –www.tierraentrance.miradas.net-), el director colombiano puso en palabras lo que veníamos intuyendo. Ciertos films no hacen más que repetir ciertos tips de “cine moderno”. “Las acacias me decepcionó, dijo, todos parecen querer filmar como Lisandro Alonso, pero mal”. Sin coinicidir fervientemente en esto último (ya que entendemos que la pelicula de Giorgelli encuentra en su gesto minimal las claves precisas para construir no solo relato, sino contexto, y no solo experiencial, sino socio-histórico), la acertada apreciación de Ospina, parece estar hablando de lo que este Festival permite recuperar. Que toda película es necesariamente un núcleo, un conjunto, un sistema, incluso (y en sus mejores propuestas y tradiciones) un sistema de lo abierto. Y que lo abierto en sí mismo puede ser un cliché. He ahí los tiempos morosos, la narrativa fragmentaria, lacunar, los planos estetizados, la escasez de diálogo, los personajes taciturnos, sin ahondar en las causas de ese estado. Así, lo ininteligible como gesto en sí, se vuelve cliché, apología a lo complejo, al gesto minimal. El cine pos-moderno así como género en sí, como sistema, se tornándose conservador, y en absoluto rupturista.

Esta evidenciada recuperación de la tradición narrativa, me convoca a ligarla tal vez caprichosa, asomradamente, por un lado a la filmografía de Claire Denis, de quien se hizo una interesante retrospectiva, y en donde pudo evidenciarse las galas narradoras de la francesa, desde una propuesta fragmentaria, de historias que se interrelacionan, con el multiculturalismo parisino de marco, mostrándose eminentemente conflictivo, discriminatorio y opresivo, lejano de las retóricas armoniosas de la globalización tolerante y abierta (alla Benetton) Y por otro a una experiencia vivida en Bogotá, en su barrio más antiguo, La candelaria. Donde todas las tardes, en las puertas –cerradas- de la capilla de la Plaza del chorro de Quevedo, se agrupan jóvenes, adultos que pasean por allí, a escuchar a narradores orales, que entremezclando la lógica del stand-up, con la del viejo narrador al que hace alusión Benjamin, encantan a sus espectadores, con alusiones que van desde el cine de Tarantino, a jugadores de futbol local, a tradicionales historias de amor, de sexo, referencias políticas, históricas.

Experiencia y narración. Dos conceptos benjaminianos que resulta imprescindible recuperar. Hablando de cine, de arte, de cultura, de política. Son de hecho conceptos que permiten interrelacionar estos campos que tan separados y por tanto tan improductivos resultaron en los ¿ya lejanos? años 90.


La competencia oficial de cine de ficción, estuvo compuesta, por Chocó, de Jhonny Hendrix Hinestroza (Colombia, 2012), El año del tigre, de Sebastián Lelio (Chile, 2011), Heleno, de José Henrique Fonseca (Brasil, 2011), El lenguaje de los machetes, de Kyyza Terrazas (México, 2011), Iceberg, de Gabriel Velázquez (España, 2011) Las malas intenciones, de Rosario García Montero (Perú, 2011) Vaquero, de Juan Minujin (Argentina, 2011) Las acacias, de Pablo Giorgelli (Argentina, 2011), El estudiante, de Santiago Mitre (Argentina, 2011), Las historias que solo existen cuando se recuerdan, de Julia Murat (Brasil, Argentina, Francia, 2011), Un mundo perfecto, de Gabriel Mariño (México, 2011), La voz dormida, de Benito Zambrano (España, 2011), y Porfirio, de Alejandro Landes (Colombia, Argentina, Uruguay, España, 2011)

Y el palmares completo fue el siguiente:
COMPETENCIA OFICIAL FICCIÓN
Mejor Actor: Esteban Lamothe por El estudiante Premio Especial del Jurado: El lenguaje de los machetes de Kyzza Terrazas (México) Mejor Director: Alejandro Landes Echavarría por Porfirio (Colombia/ España/ Argentina/ Uruguay/ Francia) Mejor Película: El estudiante de Santiago Mitre (Argentina)
COMPETENCIA OFICIAL FICCIÓN
PREMIOS ADICIONALES
Premio Organización Católica Latinoamericana y del Caribe de Comunicación -OCLACC-: Historias que sólo existen cuando se recuerdan de Julia Murat (Brasil)
Premio del Público Cinecolor: Chocó de Jhonny Hendrix Hinestroza (Colombia)
PREMIO DE LA CRÍTICA INTERNACIONAL - FIPRESCI
Mejor Película: El estudiante de Santiago Mitre (Argentina)
COMPETENCIA OFICIAL DOCUMENTAL
Premio Especial del Jurado: Cuates de Australia de Everardo González (México) Mejor Director: Tatiana Huezo por El lugar más pequeño (México) Mejor Película Documental: El lugar más pequeño de Tatiana Huezo (México)
COLOMBIA AL 100%
Mejor Actor: Andrés Crespo por Pescador Premio Especial del Jurado: Sofía y el terco de Andrés Burgos Mejor Director: Alejandro Landes Echavarría por Porfirio Mejor Película: Porfirio de Alejandro Landes Echavarría
COMPETENCIA OFICIAL CORTOMETRAJE
Premio Especial del Jurado: Los retratos de Iván D. Gaona (Colombia) Mejor Director: Aly Muritiba por A Fabrica (Brasil) Mejor Cortometraje: A Fabrica de Aly Muritiba (Brasil)
VIDEO ARTE
Mejor Video Arte para la obra: ÉBANO de Giuliano Cavalli
PREMIOS NUEVOS CREADORES
Primera Mención: Ella y la implosión de Sebastián López Borda (Universidad Nacional de Colombia) Segunda Mención: Ojos alas balas de Mauricio Arrieta Fontanilla (Universidad del Magdalena) Tercera Mención: El gallo fino de Tatiana Parodi Molina y Luis Fernando Sanchez (Universidad del Magdalena) Cuarta Mención: Natura de Andrea Carolina Angarita (Universidad Autónoma de Bucaramanga) –
Mejor Cortometraje Nuevos Creadores: Mu Drua (Mi Tierra) de Mileidy Orozco Domicó (Universidad de Antioquia) –