CAPOTE, UN ESTILO DE VER Y OIR












Por
ALEJANDRO ARCINIEGAS ALZATE

Especial para La Moviola





Veinticinco años después de su fallecimiento, el 25 de agosto de 1984 en Los Ángeles, Truman Capote brilla en el firmamento de la literatura universal. Porque la suya es una obra perdurable, llena de matices y precipitaciones variables, entre las pasarelas de la moda, el jet set, los barrios neoyorkinos y la más sucia realidad de las prisiones.
Capote nació en Nueva Orleans el 30 de septiembre de 1924. Fue el hijo de uno de aquellos hogares rotos que producen artistas, poetas o asesinos en serie. A los catorce años publicó su primer relato en la revista Mademoiselle, titulado Miriam, por el que obtuvo un premio O. Henry y el aval de los críticos, que no siempre fueron sus mejores amigos. Su pase de iniciación a la literatura llegó por una mezcla de abandono infantil y una precoz disposición para leer y escuchar conversaciones ajenas, episodios de barrio, que fueron el resorte de sus primeras producciones: “un estilo de ver y oír”, según sus propias palabras. Entonces, Truman Capote estaba convencido de que no había nada novedoso en las letras estadounidenses, al menos desde 1920.
Fue redactor del New Yorker, autor de relatos, crónicas viajeras, semblanzas, perfiles biográficos, obras de teatro, guiones cinematográficos, etc. En su primera novela, Otras voces, otros ámbitos (1948), Capote narró con detalle el descubrimiento de su sexualidad, en la figura de un frágil jovencito sureño. Gracias a ésta y a la excentricidad de su conducta, se fue ganando una reputación de escritor irreverente. Fue abiertamente homosexual, esnob, hedonista; auténtico voyeur de la miseria humana, pero también de sus placeres, del lujo y la belleza, objeto de sus libros. Amigo de escritores, artistas, actrices, mafiosos y políticos, Truman Capote llevó el cotilleo a una de sus más altas cotas, haciendo del chisme casi un género literario.
En 1955 escribió Se oyen las musas, su primer experimento de novela basada en información periodística, una especie de argumento político, que a pesar de no conseguir más que una exigua acogida, puso a Capote sobre la pista de sus claves literarias: concebir la novela como una ficción montada en hechos reales, con todas las herramientas del periodismo puestas al servicio de la narración. Su gusto por las criaturas irresponsables quedó plasmado en su segunda novela, Desayuno en Tiffanys (1958), un breve relato en que introduce su fascinación por las joyas, las vidas a límite y los personajes atípicos. Pero sólo en 1959, cuando se desataron los asesinatos de Holcomb, un pueblito de Kansas, Capote se encontraría de frente con su designio artístico.
The New Yorker envió a Capote para cubrir el suceso de un crimen que encendió las alarmas de la opinión pública. El resultado de esta investigación, que abarcaría cerca de siete años, fue publicado en su novela más famosa, A sangre fría (1966). Se trata de una historia real, narrada objetivamente, desprovista de los manierismos y efectos de sus primeros libros. Perry Smith y Dick Hitckock, dos ex presidiarios de Kansas, que por falsos rumores de una supuesta fortuna, planearon matar y robar a una sencilla familia del campo. Hoy puede afirmarse que fue en relación con estos asesinatos como Truman Capote, mientras daba la medida de sus capacidades artísticas, perdía asimismo el aplomo y —peor para él— su fama y prestigio, hundiéndose poco a poco en una crisis nerviosa, recrudecida por el abuso de licor y calmantes.
Según el parte médico, Truman Capote murió de “una enfermedad hepática crónica, flebitis e intoxicación por consumo de drogas”. Nada que el propio escritor no hubiera anticipado antes, según algunas de sus más recitadas palabras, como él mismo acuña en su última obra, Música para camaleones (1980): “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Afirmación que, de acuerdo con sus editores y más allegados amigos, era en verdad eufemística de la difícil situación en que se hallaba, abandonado de todos, cuando se vieron cruelmente deformados por Capote en ese último libro, hecho de burla y sarcasmo, a expensas de quienes fueron sus más entrañables colegas, benefactores, compañeros y amantes.
A quienes vieron Capote, la última de sus biografías llevadas al cine por Bennett Miller (2005), no les sorprenderán, entonces, las declaraciones de Philippe Seymour Hoffman, que habiendo interpretado el papel del escritor de Nueva Orleans, confesó sentirse asqueado durante todo el rodaje, pues lo había encontrado “un ser humano espantoso”. 25 años después de su partida, Truman Capote es tan controversial como fuera entonces, cuando apareció su primer libro. Porque fue un buen ejemplo de cuántas y qué clase de cosas está resuelto a hacer alguien por firmar una obra. Al margen de las sanciones morales, que en este dominio no aplican, quedó su trabajo, su indiscutible autoría del nuevo periodismo y la non fiction novel.

4 comentarios:

blody dijo...

buen escritor, buen amante, buen demente....
buen articulo
besos
blody.

Anónimo dijo...

Tu escritura es demasiado punzante...EXCELENTE

Anónimo dijo...

Tu escritura es demasiado punzante...EXCELENTE

KINOMACONDO dijo...

La plumas que rasgan, deboran las palidas y simples hojas en blanco, fluidos y letras en la danza de la literatura que algun día aceptarán universal, Seymour solo ha estado en el pellejo de maricones pusilanimes como en Boogy nights, aún asi fue una aceptable interpretación teniendo en cuenta las dimenciones del personaje.