Anabel Torres y su poesía untada de amor y de sangre (entrevista)

La presente entrevista no la encontramos navegando en la red en días pasados y nos pareció sencillamente extraordinaria a la vez que coincide con las políticas editoriales de La Moviola de rescatar a nuestros artistas mas queridos y brillantes que se encuentran en la diaspora por lo que nos comunicamos con su autora Prisca Agustoni quien muy amablemente nos dio permiso para reproducirla en La Moviola. 


Anabel Torres 

Por 
Prisca Agustoni
.
Anabel TorresAnabel Torres nació en Bogotá (Colombia) en 1948. Vivió en Nueva York parte de su infancia y adolescencia y desde entonces escribe en ambos idiomas. Terminó licenciatura en lenguas modernas en la Universidad de Antioquia, en Medellín, y tiene un master en género y desarrollo del Instituto de Estudios Sociales, en La Haya (Holanda). Fue subdirectora de la Biblioteca Nacional de Colombia entre 1983 y 1987. Ha vivido de 1987 a 2002 en Holanda, y ahora reside en España. Se dedica a la traducción e interpretación. Anabel Torres há publicado Casi poesía (Medellín, 1975; Pasto, 1984), Premio Nacional de Poesía Universidad de Nariño 1974; La mujer del esquimal(Medellín, 1981), Segundo Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia 1980; Las bocas Del amor (Bogotá 1982), Ediciones Árbol de Papel; Poemas (Roldanillo, 1987) Ediciones del Embalaje del Museo Rayo; Medias nonas (Medellín 1992), Colección Celeste, Universidad de Antioquia; Poemas de la guerra (Barcelona 2000); En un abrir y cerrar de hojas (Zaragoza, España, 2001). Tiene en preparación Água herida Paper Cuts (poesía), y un libro de cuentos. Tiene además dos obras truncas: una novela sobre Armero y un libro sobre Ofelia Uribe de Acosta y el movimiento de las mujeres colombianas por los derechos civiles y políticos. La idea de la entrevista nació después de nuestro primer encuentro en Ginebra, en ocasión de una peña durante la cual Anabel Torres leyó algunos de sus poemas, encuentro que mucho conmovió al público que estaba asisitendo. La entrevista reproduce en parte la conmoción de aquella noche en que el público hispánico de la ciudad de Ginebra se juntó alrededor de las palabras de Anabel. [P. A.]
PA - Citando un poema tuyo (Refugio), que dice “Vengo del mundo/huyo del mundo/ y me he refugiado en el mundo”, tus poemas están profundamente impregnados de vida (aunque trágica, como en tu libro Poemas de la guerra), lo que se opone a una tendencia poética y una postura estético-intelectual contemporánea que cultiva el vacío y la nada, o sea, una incapacidad del ser humano, del artista de decir algo y de sentir algo (rabia, indignación, ternura, alegría, esperanza) frente a un mundo que, pese a todo, todavía tiene sentidos para descifrar (buenos o malos). Tus Poemas de la guerra, libro primordial aunque no sólo sobre la tragedia colombiana de la guerra civil, se inscribe -me parece- en esta lógica. ¿Puedes explicarnos cómo te colocas como poeta frente a la realidad contemporánea?
AT - Primero, déjame saludar a quienes leen esto y se tropiezan con una entrevistada desconocida (he publicado cinco libros de poesía y ganado un par de premios en Colombia, pero salí de mi país en 1987 y escasamente figuro en las antologías). Soy entonces una nadie representativa, como tantos. Esta entrevista se debe sobre todo a la obsesión de UNA suizo-brasilera con mis poemas, tú, que fuiste al lanzamiento de mis dos libros editados en España, en la Librería Albatros de Ginebra. Ahora al grano: tu pregunta encierra su respuesta. El mundo tiene muchos sentidos por descifrar. Frente a la realidad contemporánea, me coloco como ser sintiente y pensante y hasta la palabra poeta sería reduccionista. Prefiero no dejarme atrapar en definiciones, ni siquiera en mi túnica preferida de poeta. La realidad que vivimos desafía toda definición. Mi padre, que se llamaba Eddy Torres y fue muy querido por mucha gente, nos contagió a sus cuatro hijos de su sueño del futuro. Dicho futuro contenía implícitas las utopías que nos traería el siglo 21: la abolición de la pobreza, el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, la injusticia y la guerra.
Pero llegamos fue a límites inimaginables con el lenguaje, que permiten a quienes lo usurpan por la fuerza o de soslayo desgarrar la realidad que mencionas; esa pobre, remendada realidad que habíamos conseguido los seres humanos con tanto esfuerzo. Hoy se consolidan nociones que atentan contra la dignidad más preciada: pensar por cuenta propia. Y no ocupan un lugar central los inventos del futuro (que de hecho existen, como los autos a base de agua), sino los inventos logrados secuestrando el lenguaje, cuando ya no importan los significados de las palabras sino quiénes las acaparan y regurgitan: me refiero a abominaciones como ‘la guerra humanitaria’ de la OTAN, la ‘defensa’ del derecho de Pinochet a ser declarado senil en su repugnante cordura, la ‘defensa’ de la democracia y las instituciones convertida en arma sistemática del atropello en países como el mío, y ahora la ‘guerra preventiva’. La guerra que ya ni guerra es triunfa, esa que acaba de rajar al mundo en parcelas liderada por la bushtia, estableciendo un nuevo orden mundial con Bush de emperador y la ONU de cenicienta sin hada madrina. La misma palabra guerra es un fuego artificial para distraernos. Por lo menos las batallas de antes, por absurdas y sanguinarias que fueran, eran luchas entre contrincantes plenos. Hoy hay víctimas, sobre todo entre la población civil y desarmada, que reciben impactos aterradores desde el cielo, mientras otros los observan en tierra y por televisión. Todos a la guerra, calienta el sol. En Irak el embargo ya había causado la muerte de medio millón de niños desde 1991 (ONU 2003). La ‘guerra’ contra Irak ha sido un ataque de destrucción masiva contra un país del tamaño de una pulga que los tres terribles tenores de las Azores incubaban en sus pellejos hacía tiempo. Creo haber ya tergiversado lo suficiente el sentido de tu pregunta.
PA - Explicaste una vez que tu libro Poemas de la guerra nació como un largo luto que no lograba resolverse, un poco al igual que la situación social de tu país. Ahora que el libro existe, ¿algo ha mudado en ti? ¿En qué medida el libro te ha “aliviado” de un lloro largamente reprimido? ¿Puedes contarnos un poco sobre la historia de este libro?
AT - Poemas de la guerra es un testimonio, un yo acuso suavizado por los años (los míos, digo), la distancia de mi país y mi nostalgia de él y, esto es lo más importante, aromado por los sueños de tanta gente que he visto desfilar por Holanda a lo largo de 15 años y que también llega a España, gente venida de Colombia y que regresa a ella sin pedir nada a cambio sino continuar con la labor inaplazable que se haya impuesto antes de tal vez ser asesinada. Mi libro es un pan de cinco, que era el pan más sencillo y más barato cuando yo era niña en Medellín; es un florero sin Llorente; es el ruido en un bosque sembrado dentro de un estudio de grabación cuyas paredes no permiten pasar ni el susurrar de tres hojas. O 165, para ser más precisa. Pero existen los clichés (y hasta me encantan) y sí ha sido una especie de catarsis. Mi libro también es una muestra de suerte, pues lo edité con una traducción muy bien pagada, en el momento en que sentía el apremio de publicarlo. Por último, mi libro es un libro que no se vende. No lo reciben en consignación en librerías en España porque no hace parte de un fondo editorial, ni ha sido reseñado en la prensa ni a nadie le importa, o casi a nadie (a vos sí te ha importado y eso me da fuerza). Esto será impráctico pero también tiene algo de hermoso, ¿o seré como la zorra del cuento y las uvas están verdes? Lo hace genuino que siga en sus paquetes de veinte copias trepado en mis armarios de la sala, y el dolor con que lo escribí y la admiración por la gente que lucha sin desfallecer, pero falleciendo, masacrada no sólo en Colombia sino por todo el mundo, son genuinos. De algún modo en esos textos empaqueté la pesadilla, he hecho de ella algo más manejable para mí misma, egoístamente...
PA - El poeta brasileño Mário Quintana escribió un poema maravilloso sobre la función del poema. El poema se llama Emergência y dice: “Que faz um poema abre uma janela (=ventana) [...] quem faz um poema salva um afogado”. Tú misma te defines como “palabrera”. ¿Qué papel debe (o puede) ejercer para ti el poeta?
AT - Los poetas no servimos para nada y no hablo con modestia falsa ni verdadera. No somos seres que calculan, ni es calculable nuestro valor. No sirviendo para nada en específico, podemos servir para cualquier cosa. Somos una especie de comodín en el naipe de la vida, como los payasos, las locas o las traductoras literarias, todas ocupaciones donde el yo es desplazado o no cumpliría su función: la de ser loca, poeta, etcétera. A mí me gustaría que un poema mío sirviera para algo, como un set de palabras; para algo práctico como seducir a un amor, tapar un hueco en la ventana, absorber una mancha… aunque como amo los libros, me desdigo, no usen un poema mío para limpiar un reguero, por favor.
PA - Escribiste “Soy de un país que en su primer decreto/mandó asesinar todas las flautas/y alzar un monumento/al clarinete traído de Europa” (Muñecas, en Medias nonas, 1992). Vives en Europa hace muchos años, en Holanda y España. ¿Cómo resuelves en tu día a día de escritora y de colombiana esta herencia colonial retratada muy bien en tu poema?
AT - Creo que son una suerte las cosas que mucho nos cuestan, los viajes que hacen de nosotras exiladas o trashumantes, los caminos que nos producen nostalgias, dolores y desconcierto, el colonizar o ser colonizada (relación que siempre implica reciprocidad pero sin ser solidaria). Lo que ocurre es que no siempre podemos reunir el coraje para decir ‘gracias. Gracias, vida, por haberme expulsado del paraíso en el que nací; gracias, vida, por hacer que ya no sea de ninguna parte y que ya no pronuncie a la perfección ni conozca de pe a pa ninguno de mis idiomas; gracias, vida, porque ya no puedo acomodarme a tener un amor ni en holandés ni en inglés ni en colombiano’ (creo que si tuviéramos ese coraje siempre, nos convertiríamos en masoquistas de primera línea). Haberme criado en Bogotá, Medellín y Nueva York, las tres patrias chicas que cargo en mí como piedras lumbre, de esas piedritas blancas que al chocarlas una con otra metida bajo la cama hacían chispitas, y haber sentido que tenía que salirme de mi país a partir de noviembre de 1985, me han hecho más rica, aunque me hayan deparado soledad y pobrezas muy variadas. Y mucha nostalgia de ‘mi gente’, peor que la de un campesino que pierde su perrito en las montañas y lo quería tanto, que decide enterrarlo, pero envolviéndolo primero en su ruana, así que también se queda sin abrigo y siente mucho frío aquella noche en la montaña, aterido, porque se le hizo tarde y es peligrosa la trocha de regreso y debe esperar un nuevo día. Yo ando esperando un nuevo día para mi país hace más de 10 quilos y 17 años y no tengo señales ni de adelgazar ni de poder volver a una tierra que me brinde un buen untado de esperanza y una TINAJA de PAZ en la cual sumergirme, antes de desayunar con ese untado de esperanza.
Remedios VaroA propósito de nuevo día y sin responder pregunta alguna, Brasil es ese untado de esperanza en el pan del día del hoy para mucha gente en el mundo, estoy segura, y quizás por eso no puedo obligarme a responder preguntas venidas de Brasil, de forma menos fogosa y más aplomada. Me emociona Brasil en el año 2003, quizás el que da comienzo a la tercera guerra mundial. Con diez años menos y diez mil más de cualquier moneda fuerte guardados allí estaría…
PA -¿Cuáles son tus instrumentos de vida? ¿Las palabras o el silencio? ¿La risa o el llanto? ¿La lucidez del corazón, como decía Pascal, o aquella de la razón?
AT - He pensado desde que tengo uso de prescindir de la razón, y esto sólo me ocurre a conciencia en los últimos años, que es necesario pensar con el corazón y sentir con la cabeza. No encuentro una definición más acertada de la poesía, ni una posición más honesta frente a la gran incertidumbre que es la vida, cuya única certeza es que morimos. Ese límite tan finito nos lleva a los seres humanos a intentar búsquedas y luchas infinitas ‘mientras tanto’. Creo en no tener que escoger a toda hora, a riesgo de estar ‘descartando’ ideas, actitudes y hasta personas, poblándome de prejuicios funcionales (la lógica bipolar imperante nos ha conducido a la crisis actual); creo en los intersticios, en los mientras tanto, en los ‘espacios en el medio’, cuya descripción encontramos en las obras sobre Mary Poppins de M. L. Travers, The Space Between que esa magistral narradora nos cuenta comparten en santa paz el león y el cordero, es decir, los enemigos tradicionales, a medianoche de año nuevo. Cada vida es un espacio en el medio, asumida sin desacatar tampoco la voz del miedo propia de la condición humana.
PA - Anabel, en tu poesía aparece nítidamente la voz lírica femenina, juzgando con ironía y humor ciertos acontecimientos cotidianos. En otros poemas la ironía se hace crítica conciente y aguda, como en los versos sobre Juana de Arco (Arco): “Fue quemada al fin/por ser mujer/y tan femenina frente a su destino”. ¿Qué quiere decir, para ti, ese “ser femenina” frente al destino?
AT - A las mujeres nos han pasado y nos siguen pasando cosas terribles por el hecho de ser mujeres y ningún ser racional puede negar que el mundo sigue siendo bastante desequilibrado: no es más que mirar que siguen mutilándonos el clítoris en nombre de la religión, lo que además del horror intrínseco que ello significa, nos hace mucho más propensas a contraer el SIDA en las culturas sometidas a dicha costumbre donde éste es pandemia; que no hay pago igual por igualdad de trabajo en casi ninguna sociedad; que las mujeres aportamos el 60% del trabajo del mundo y no poseemos ni el 10% de los medios de producción; que la violencia doméstica contra la mujer y nuestros/as hijos/as no sólo continúa sino que va en voraz aumento en todos los países; que el fundamentalismo renacido nos está quitando libertades que ni siquiera a los antepasados más machistas se les ocurrió quitarnos; que Nigeria ha resucitado la lapidación y por muchas firmas que enviemos a AI, van a lapidar a Amina Lawal por adultera en menos de dos meses, tan pronto acabe de amamantar a su hijo, y ningún país sanciona a Nigeria por permitirlo ni hace nada frente a estos crímenes; que al hablar del Consejo de Seguridad de la ONU, o de los líderes que lo componen, no hace falta decir los y las líderes, pues siguen siendo todos hombres los que hoy nos llevan de cabeza a crispaciones que pueden propiciar nuestra destrucción total, etcétera. El etcétera rebasaría los límites de este número de Agulha y los venideros.
Con el auge de los fundamentalismos imperialista e islamista, las mujeres estamos perdiendo terrenos que ya habíamos ganado, como los pierden otros movimientos surgidos de la ‘sociedad civil’, por ejemplo el sindicalismo. El sexismo es un conjunto de prejuicios sistemáticos, no aislados, y sólo puede erosionarse asumiendo posturas políticas concientes. Podemos y debemos luchar por acabar con el sexismo, sobre todo dentro de nosotras mismas. No importa tanto si a nivel individual optamos por seguir colocando el plato de comida caliente sobre la mesa y el florero en el centro. Sólo colocando también nuestra lucha contra la inequidad sobre la mesa de nuestro entorno, como un legado vivaz para nuestras nietas y nietos, iremos erradicando el sexismo. En ese sentido, no importa tanto si la lucha hasta ahora fue perdida o dio frutos. Yo hoy en día me siento un poco o muy fracasada en muchos campos, pero también estoy orgullosa de haber fracasado, porque he puesto todo mi empeño en no dejarme tragar de nociones ajenas de lo que constituye el éxito como mujer, definiciones que muchas veces nos exigen a las mujeres ‘dar para recibir y no hacer para merecer’. Acá estoy citando a Ofelia Uribe de Acosta, una admirable colombiana activista de los derechos de la mujer.
Uno de mis proyectos frustrados hasta hoy (tengo cantidades) es hacer un libro documental ilustrado sobre Ofelia, sus publicaciones feministas y el movimiento de las mujeres por el voto en Colombia, que oficialmente ni existió. Y aunque nunca logre financiar y concluir mi libro, nada puede quitarme la investigación que ya adelanté yo sola, ni el hecho de que yo conocí a Ofelia, pude conversar largo y tendido con ella, aprendí de ella y fui testiga presencial de su fuerza, su espíritu recio y combativo y su humor incomparable para sazonar los silencios y frustraciones de la lucha feminista, enormes y difíciles de compartir. No es sensato idealizar el feminismo. Las mujeres también sólo somos humanas y somos tan fáciles de enceguecer con el poder como cualquier hombre; también somos frágiles y podemos ser contradictorias, arbitrarias, oportunistas y cobardes, y de hecho seguimos siendo demasiado sumisas y poco solidarias unas con otras, ante el destino que nos deparan los medios y sus señores.  
PA -¿Y qué mujer eres tú frente a tu destino?
AT - Soy una mujer femenina y feminista, por lo tanto femininista; sola y acompañada, porque mis amigos y amigas me quieren, y mi hija y mi hijo, y mis dos nietas y un nieto; una mujer que sigue soñando despierta con el amor con más ahínco que nunca, a medida que más lejano lo percibe, porque el amor es aquel ‘espacio en el medio’ por excelencia, esa dimensión donde lo cotidiano más nimio cobra magia y el sentido primigenio de creación. Hace muchos años que vivo sin el amor dentro de casa, por lo menos muchos años para mí, que he sido apasionada del, y hasta adicta al amor. Pero me sé más a gusto conmigo misma. Trato de quererme yo misma, aunque no siempre lo logro, lo que me recuerda un poema de mi primer libro, Casi poesía, (1975), escrito cuando aún tenía quienes me amaran de cerca, ‘me basto, sé quererme por todos los que no saben quererme’. Un texto que de hecho resultó siendo premonitorio de mi vida actual.
Y es que además el culto actual a la escisión, tanto en lo personal como en lo político, causa estragos en el universo del amor. Se nos insta cada vez más a la compartimentalización, no sólo en el campo científico y profesional, con el consiguiente empobrecimiento del espíritu y también de la fuerza práctica para enfrentarnos juntos a las amenazas tan colectivas que hoy pululan, o para participar en el banquete colectivo que suponían tantas aficiones humanas que hemos ido abandonando en masa. Los grandes manipuladores tras bastidores han descubierto no sólo que dividir es reinar, retomando a Maquiavelo, sino que fomentan a conciencia, a través del consumismo, su gran aliado, el espejismo de que los seres humanos somos auto-suficientes. El auto-abastecimiento sin distingos (pasando por alto que hay cosas inalienables para la vida que sólo existen en unión o buscadas en conjunto, el amor y el humor, sin ir muy lejos), es el ideal al que toda persona ‘civilizada’ debe aspirar. Esta es la lógica que rige al mundo ‘desarrollado’, nutrida de la incomunicación y en la que el amor, como otros sentimientos humanos, es visto con suspicacia, como enemigo o por lo menos como debilidad. Los enemigos naturales de esta manipulación secreta son los niños y la pareja, pues sus esencias mismas son la dependencia (aunque no sólo la dependencia). No es fortuito que tendamos a ocuparnos de nosotros mismos y a auto-satisfacernos, hasta con la ayuda de nuestros respectivos gobiernos (les doy un ejemplo aberrante: hace unos dos años, la televisión holandesa ‘normalita’, sin apelar a costosos cables privados, transmite pornografía suave y no tan suave en cómodos intervalos sumamente bien calculados: miércoles, viernes y sábados. Sobra decir que está orientada hacia los hombres y mujer que quiera beneficiarse de tan esmerado servicio público tendrá que adaptarse a gozar con dos o más mujeres acariciándose mientras un hombre mira). Y es que aislando la pulsión sexo de todo rastro de sentimiento, afecto o comunicación, esa isla en la que cada ser humano es instado a convertirse hoy en día queda completa, palmeras incluidas; con la ventaja adicional de que ni nos pueden dar SIDA ni otras EST y hasta bajarán entonces los costos de atención pública a la salud.
PA - En poemas como MujerTemiendo leer o Cometa te pones del lado de las mujeres, no con la bandera del feminismo político, sino con el poder revelador de la palabra poética, que abraza y dignifica, relata y revela que las mujeres siempre fueron víctimas privilegiadas, junto a los niños, de lo que llamas en el prólogo de tu libro Poemas de la guerra, “un patriarcado dominado por el afán de acumular, la arrogancia y la fuerza, en el que los regímenes sin democracia hallan su rico caldo de cultivo”.
AT - Déjame recordar dos conceptos clave del mismo prólogo: primero que el patriarcado es un sistema y no los hombres que lo componen y no es sólo los hombres. Y segundo, que mientras los hombres fabrican, perfeccionan y venden sus armas, las mujeres persistimos en la vida, pero lo único que hemos logrado con ello es fabricar las víctimas, los desplazados y los verdugos que el patriarcado requiere para sus guerras. Hablo del ‘efecto balancín’ para ilustrar el gran desequilibrio causa y efecto de las profundas desigualdades que llevan el mundo al caos. Las mujeres seguimos dominadas por la física más rudimentaria, la de la razón de la fuerza sobre la fuerza de la razón. ‘Ellos’ siguen dominando el mundo y dominándonos, y lo que es peor, a nuestra infancia. Por eso no nos queda más recurso que sacar las garras de la palabra para defender a esa niña indefensa en la que está convertida la tierra en manos de la arrogancia, la codicia y la violencia institucionalizadas que son las guerras: cualquier guerra. Y las economías basadas en la ganancia y la importancia dada a las armas y los desafueros asociados.
PA - Tu poema El monte sin olivos es bien representativo de la condición del colombiano que vive afuera del país: “Mi país es la sangre/de la que vuelvo untada/todos los días/del Monte de Internet”. ¿Te consideras una escritora en el exilio? ¿Te identificas con estos versos de Blanca Varela: “y todo debe ser mentira / porque no estoy en el sitio de mi alma”? Donde está el sitio de tu alma? Hay un sitio del alma o piensas que la condición del ser humano es existencialmente la del deslugar?
Remedios VaroAT - En cierto sentido, los escritores todos - y todas, esto del español que es de por sí sexista exige la torpeza de estar diciendo todos y todas para ser inclusiva - somos seres en el exilio. Esas ‘misfits’ de las que hablaba John Steinbeck, las que no encajan. Por otra parte, somos seres privilegiados, ya que el alma no está del todo desarraigada mientras podamos tornar los ojos del alma a nuestro alrededor, no juzgándolo sino compenetrándonos con el acontecer ajeno y apropiándonos de la falta de certeza misma. Hace falta empatía para escribir, pero es la misma que hace falta para leer, y si no existiera la empatía para leer, bonito oficio tendríamos quienes escribimos, no crees? Yo hace mucho tiempo me profeso terrícola y no me siento ni ‘extranjera’ ni ‘propia’ en ningún lugar. Y no es que no haya sido objeto en ocasiones, muy dolorosas por cierto, del racismo soterrado y de la xenofobia, viviendo en Holanda 15 años como viví. Pero no es una xenofobia más dura que la que sufre a diario la gente pobre de mi país frente a su gente rica, por poner un ejemplo fácil. Si ellos pueden con esa xenofobia y al margen de las vidas de los más poderosos, que todo lo tienen, y cuando no lo tienen lo toman no más, construyen sus vidas, ¿por qué no voy a poder yo?
‘Los pobres’ van forjando sus vidas, y en sus casas también entra la alegría y en ellas también se consolida el poder de seguir viviendo, disfrutando de los hijos, la solidaridad, etc. (hablo de la pobreza, no de esa miseria arrolladora que vemos cada vez en mayores proporciones y con mayor indiferencia, esa miseria ajena que nos traiciona a todos en nuestra condición humana, a quienes la sufren y a quienes la fomentamos o toleramos). Sería inicuo romantizar la pobreza en una época como la nuestra, en la que es la pandemia más grande que azota a la humanidad y ni siquiera es señalada como tal. Por cuenta del consumismo arrollador, el belicismo, la globalización del capital a la vez que se expulsa, fragmenta y criminaliza la mano de obra que lo produce, y la concomitante erosión de los derechos laborales, sindicales o simplemente humanos (como aquellos consignados en la Declaración universal de los derechos humanos de 1948), la clase media nos hemos ido convirtiendo en nuevos pobres y los pobres en miserables. Yo no soy pobre en el sentido clásico de lo que todavía llevamos en el bagaje de la memoria como definición de la pobreza, aunque ya esta definición no se compagine con la realidad: soy pobre por falta de acumulación y carencia de un ingreso fijo, pero he tenido una educación fuera de serie, muchas oportunidades, aunque no las haya ‘aprovechado’ muy bien; tengo techo, que me pago yo misma, libertad para caminar por la calle y un sistema de metro maravilloso al alcance de los pies; cómo oir música, ojos con qué leer, euros sueltos con qué comprar la prensa y el pan, computadora u ordenador según el español que esté hablando, etcétera etcétera. Pero el día que yo pierda la brújula de la pobreza y la estrella que para mí han sido mis semejantes, amistades y familia pobres, que tanto me han dado y enseñado, me habré muerto o cuasimuerto.  
PA - Cuáles son tus influencias literarias más importantes?
AT - Tengo influencias literarias convencionales, por fortuna. La voz y las canciones de cuna de mi madre, los cuentos de Rin Rin Renacuajo, la Pobre viejecita y canciones como Tengo una muñeca vestida de azul; los villancicos y los Christmas carols; las veladas de conversación en casa de mis padres; los cuentos de hadas porque leí desde los tres años; los cuentos que me contaban no sólo mis padres sino las mujeres que trabajaban en nuestra casa cuando vivíamos en Bogotá y Medellín (eran los hitos en mi día, cuentos contados en la cocina mientras ellas pelaban papas y la cháchara de las chicharras planeaba sobre el atardecer de las ventanas); las revistas de La pequeña Lulú, Billiken y Bohemia; los incontables refranes paisas, o gringos, que sigo oyendo en mi cabeza en la voz de mi madre, o en la de los hermanos Marx, etc.; los tangos de Gardel, Magaldi, Cortés, Libertad Lamarque; los bambucos y pasillos de Antioquia, ese himno que asciende el aire esparciéndolo de ‘libertad, que perfumas las montañas de mi tierra’; los boleros y también los musicales gringos e ingleses, como West Side Story, Flower Drum Song, El Mikado, ya que soy un bonsai anglohispánico. Después de los cuentos de Grimm, Andersen, José Martí, Wilde y nuestras leyendas indígenas, la influencia más importante recién llegada a Nueva York, a los ocho años, fue la de Mary Poppins, traducida al español. La biblioteca del barrio y la Biblioteca Central de Nueva York con sus dos leones bonachones tumbados a la entrada hacen parte de mi tatuaje literario. Por supuesto que estudiando en EEUU, mis referentes han sido también autores y figuras anglosajonas, Mark Twain, Louisa May Alcott, O. Henry, Harriet Beecher Stowe, Lincoln y Washington, quien además de no decir mentiras, nunca supimos porqué tuvo que tumbar el cerezo, la estatua de la libertad y más adelante Shakespeare, etc. Pero en realidad me siento incómoda al hablar de mis influencias literarias, porque ello suele convertirse, por lo menos entre escritores, en una competencia estilo basura televisiva, ‘mira lo que he leido, a quién he leido y cómo me queda de bien éste tal o ésta cual y qué fulgurante me ha quedado el cerebro.’ Prefiero decir que he leído, que tengo épocas en que leo mucho y épocas en que no paso de leer El País, que tengo autoras que me deslumbran y pasan y otros que se quedan apagaditos junto a mi nochero hasta que una noche antes de dormir, los enciendo con mis dedos.
PA - En una reseña de Consuelo Triviño Anzola sobre tu último poemario, En un abrir y cerrar de hojas, leemos: “Su ser femenino sin lugar a dudas determina no sólo una manera de estar en el mundo, sino también y sobre todo, la constitución de un yo poético que rastrea en la violencia política y humana, tanto como en el reducido e infinito espacio hogareño”. Ella habla también de “fortaleza espiritual”. En tu opinión, ¿hay alguna diferencia entre la percepción femenina del mundo y la percepción masculina? Pienso en figuras como Etty Hillesum y su “fortaleza espiritual”.
AT - Las mujeres sí tenemos una manera distinta de abordar el mundo que se refleja en la forma cómo abordamos las páginas en blanco. Pero esa es sólo una de las estructuras superpuestas del gran kaleidoscopio que es la palabra escrita y no es crucial, siendo importante. No concibo a ningún ser humano, hombre, mujer o transexual, que no tenga fortaleza espiritual a la hora de leer, o de escribir, una obra literaria. Las diferencias de género se hacen cruciales es por fuera de la escritura, en el acontecer diario, en el accionar o la falta de accionar político, en la manera como expresamos o dejamos de expresar solidaridad con el dolor ajeno, nos identificamos con ‘la otra’ y asumimos la empatía; en nuestra forma de comportarnos o dejar de comportarnos y sobre todo, en nuestras prioridades. Si las mujeres estuviéramos a cargo del presupuesto de nuestros países, estoy segura que ya no habría niños con hambre, sin agua potable y sin escuela, y el presupuesto militar no sería como lleva tantos siglos siéndolo, esa loca carrera armamentista que hace que ‘los hombres y los niños se diferencien en el tamaño de sus juguetes’, un eslogan muy popular por los años ochenta y que ya ni se menciona. Y es en esta diferencia milenaria que las mujeres, no siendo seres morales superiores, lo cual sería un absurdo afirmar, tenemos una visión más de conjunto - será por haber estado silenciadas y marginadas tantos siglos - de lo que se necesita para sostenernos del mundo y sostenerlo, así como nos hemos visto obligadas a ingeniar estrategias para afrontar las carencias y atropellos. El problema radica en que así las mujeres seamos ‘aerodinámicamente’ más capaces en nuestro fuero interno de emprender el vuelo intelectual y emocional requeridos para cambiar las estructuras podridas o estancadas que mantienen al planeta encallado en el oscurantismo de lo bélico, hemos tenido que lidiar con muchos más grilletes y apenas estamos en la etapa de reconocerlos y despojarnos de ellos… casi siempre a un costo personal abrumador, que nos impide aproximarnos a nuestro verdadero potencial o contribuir a reinventar el potencial del afuera. La tierra ha de ser un lugar rutilante cuando nuestras nietas y nietos lleguen a ser la generación que maneja el mundo, si no la hemos destruido para entonces. Olvido mis pocos conocimientos de estadística, pero sé que hay un porcentaje de probabilidad de que la tierra cambie y otro de que no haya tierra qué cambiar.
PA - Cómo son, si es que tienes, tus contactos con la vida literaria de Colombia?
AT - El año pasado estuve en Colombia, tras casi seis años. Quería mucho asistir al Festival de Poesía en Medellín, tanto que acepté ser ‘invitada’ sin que ni el Festival ni ninguna otra institución o agente me financiara tan siquiera un quilómetro de los muchos que viajé para llegar allá (después de regresar, he constatado que otras personas que ni eran poetas invitados viajaron al festival con todos los gastos pagos desde Europa y ello aún me indigna). La experiencia del festival fue algo que me sacudió los cimientos emocionales y no me he recuperado del todo, tanto en términos de desencanto como de alegrías, éstas últimas deparadas por el haber vuelto a ver mis montañas y a mis amigos, y por recibir el afecto de un público inimaginable, multitudinario. Medellín es una ciudad sitiada por el miedo donde el festival constituye una tregua de doce dias para salir y recorrer la ciudad toda, al amparo de la lumbre de las palabras, y la gente responde con una cálida presencia. Mi mejor amigo ‘literario’, y quizás el único cómplice en las letras que me quedaba en Colombia, murió también el año pasado en Medellín, y era el poeta José Manuel Arango. Muerto él, me he sumergido en un enorme silencio frente a Colombia, un silencio que sólo muy de vez en cuando rompen con sus correos o con sus voces algunas pocas amistades o mi familia, entre quienes no figuran ni literatos ni intelectuales de oficio. Tengo poca correspondencia con escritores, ni de Colombia ni de fuera. Soy una pintora de domingo cuya caja de pinturas está medio seca, y esa es la única pobreza de la que sí me resiento, ferozmente, sin que me sea ningún consuelo que la comparten muchísimos más palabreros: no disponer del tiempo para escribir ´como debería ser’, porque sabemos de entrada (y muchos vamos de salida) que sin dedicarnos a escribir, garantizado primero el pago de las cuentas, nuestras mejores obras es dudoso que se escriban... ¡váyase a saber si para bien o mal de la humanidad!  
PA - Has preparado la traducción al inglés del libro Este lugar de la noche de José Manuel Arango. Qué es para tí la labor de traductora? ¿Un desafío, un aprendizaje, un diálogo silencioso, una reescritura?
AT - Traducir ha sido la forma de ganarme la vida hace mucho tiempo, más del que quisiera (estoy un poco harta de ello y además se me ha vuelto un trabajo muy precario desde el 2001). Pero sólo a partir de una charla que preparé en 1999 para un seminario en la U. de Middlesex, reflexioné sobre lo que representó para mí ser bilingüe desde pequeña y una voraz lectora en ambas lenguas (mi charla se tituló Mother Tongue and Fairy Godmother: Growing Up Bilingual in Manhattan and Brooklyn). Durante ese seminario me enteré que había un concurso de traducción literaria de una asociación británica y le escribí a José Manuel porque quería traducir un libro suyo. Elegí Este lugar de la noche y él me prometió su ayuda y durante unos dos meses los correos entre nosotros iban y venían. Yo le mandaba opciones seriadas o qué querías decires porque a veces sus textos me resultaban herméticos, viniendo, como él venía, desde la filosofía. José Manuel conocía a fondo el inglés y la traducción hecha bajo estas condiciones me llenó de entusiasmo y sentido de propósito. Yo funciono muy bien con tareas concretas, eso también me impide sacar lo mejor de mí, que me quedé estancada en una metodología escuelera que no corresponde a mi nivel de destreza ni a mi edad. Cuando gané el primer premio en el concurso, fue un premio adicional; el premio ya era el libro. Y fue un reconocimiento justo frente a la obra de Arango, esencialmente sobria, callada y muy auténtica. Como él. Los poemas de José Manuel son quietos y de repente pasa por ellos una brisa que los eriza.
Remedios VaroEn todo caso, la experiencia de traducir poesía me ha dado una nueva ilusión y la he continuado, a título personal; el año pasado tuve una estancia de un mes en la Casa del Traductor en Tarazona y traduje otro libro de José Manuel, Montañas - él acababa de morir y no alcancé a mandarle ni un borrador de ningún poema- además de traducir al inglés una selección de unos treinta poemas del poeta de Zaragoza Ildefonso Manuel Gil, a quien mucho admiro (Nota: hace dos semanas, el 30 de abril, asistí a su entierro). Estas traducciones están guardadas en mi famoso cajón porque esencialmente sólo me interesaban a mí, o por lo menos no he tenido la habilidad para interesar a nadie más por ellas. Pero aparte de la ilusión de descubrir este nuevo hobby, traducir poesía también me ha puesto triste, porque he sentido, o hasta sabido, que he perdido el tiempo traduciendo un montón de cosas que si bien me han interesado, y si bien no han sido claudicaciones totales (no he hecho traducciones comerciales ni demasiados ‘ladrillos´), esencialmente no me han dejado nada. No ‘queda’ nada de ese trabajo. Esto me lleva a pensar que, al no haberme dedicado a la traducción literaria a lo largo de más de treinta años de traducir, he desaprovechado un don, dándole mi sangre a un vampiro que ni siquiera era real. La traducción literaria paga mal, por regla general, y yo he tenido que vivir de lo que traduzco y esa es la verdad escueta. No he tenido capacidad para vivir, escribir, criar a mis dos hijos, ganarme la vida, traducir como oficio y también traducir como vocación, como lo requeriría la traducción literaria.
En cuanto a la vocación de anonimato que requiere una buena traducción, el ser tan neutral que otra escritora o escritor te pueda traspasar porque tú lo permites y pones tu don al servicio de su don, lo que debe ocurrir para el bien del texto, es algo que se me da con facilidad y cuyo reto disfruto. Una buena traductora es ante todo invisible. Los traductores sólo nos ‘notamos’ cuando metemos la pata, y en ese momento sí quedamos al descubierto, en el patíbulo, y no ante un solo verdugo sino ante muchos. Yo no estoy de acuerdo con la corriente tan en boga en la que el traductor se considera tanto o más importante que el autor, y el autor pasa a segundo plano porque en la traducción su obra se ‘reescribe’ y hasta ‘es mejorada’, como he escuchado a vanguardistas expertos afirmar que hacen. A mí si me van a traducir que me traduzcan, no que me re-escriban ni reinterpreten, ¿que para eso mejor que escriban sus propios textos, no, ya que todo el mundo es libre de crear lo que se le antoje?
PA - Cuáles son tus proyectos literarios futuros?
AT - Estoy un poco baja de pilas con respecto a mis proyectos literarios. Tenía mucha ilusión de venirme a vivir a Barcelona porque pensaba que ello iba a terminar con una etapa de aislamiento en la que llevo mucho tiempo. Traducir y escribir son oficios esencialmente solitarios, y separarse del último marido también y llevo cinco años sola. Aunque estoy mucho más satisfecha viviendo en una de mis dos lenguas nativas, todavía no se me ha dado una relación dinámica con el medio de los que escriben. Un factor de peso es que mucha literatura en Cataluña se produce en catalán, lo cual es lógico, siendo una lengua oficial y además la más sentida. Y quizás tambièn influye que siento que comienzo a impersonarme a mi misma cuando no estoy escribiendo a torrentes, o ni siquiera con frecuencia, y por ello no he puesto empeño en ‘codearme’ con palabreros y palabreras. En octubre comencé una novella, Las sábanas de mis vecinos, con cierto entusiasmo, pero murió de invierno, o por lo menos está hibernando. Quizás la saque del cajón ahora en primavera. El verano pasado tuve una beca para escribir en Lavigny, Suiza, y trabajé en un libro de poemas en inglés, que por el momento se llama Human Wrongs (título que hasta ahora me resulta intraducible). Es una mirada al drama desgarrador de los inmigrantes, refugiados, solicitantes de asilo, a quienes huyen de tantas barbaries, una mirada desde mi aquí y ahora que es Europa a comienzos del siglo veintiuno. Busco humanizar a los sin papeles, hoy convertidos en enemigos y chivos expiatorios de la ‘Fortaleza Europa’, ya que la primera regla para atizar los conflictos es deshumanizar al enemigo.
Con Human Wrongs busco escribir un libro concebido y continuado en inglés, sin estar vadeando de un agua a otra como suelo hacer, a ver qué me sale con esta restricción. Por lo general las restricciones son buenas para la creatividad, si no son excesivas. Tengo además dos libros de poemas empezados hace tiempo, Agua herida yPaper Cuts, y una novela ‘desistida’. Todo esto ya requiere de varios cajones, pero por fortuna mi piso actual contiene muchos armarios. En Lavigny también comencé lo que yo llamo mi película de Hollywood, un cuento sobre una abuela frustrada pero no puedo decir una palabra más, pues cualquiera me lo quita, es un idea fantástica. Quizás debería seguir un curso de guiones para terminar ese relato. Ese y mi texto sobre la fauna masculina antioqueña son los dos únicos textos que podrian tener un éxito comercial, y no me extraña nada que no los haya terminado, soy tan mala negociante.
PA - Cómo nació en tí la voluntad de escribir en inglés? A qué se debe?
AT - Cuando de pequeña llegué a Nueva York, la primera clase a la que asistí, en la parte alta de Manhattan, tenía unos 35 hispanohablantes, y sólo UNA de ellas hablaba inglés, una niña que iba de un lado a otro todo el día traduciendo entre nosotros y la maestra (la maestra no sabía una palabra de español). Ocho meses más tarde, nos mudamos a Brooklyn y allí mis hermanos y yo éramos los únicos hispanos de P.S. 89. Mis tareas eran en inglés y siempre incluían alguna composición, poema, o carta inventada: a una fantasma, a un árbol, a Teodoro Roosevelt o al tendero. Tanto en mi casa como en EEUU crecí creyendo que escribir era como cualquier otra materia, como las matemáticas o el dibujo, algo que simplemente todo el mundo hacía, con más o menos pericia pero nada del otro mundo. Esto nunca lo podré agradecer lo suficiente. Así pues, la voluntad de escribir en inglés nació porque tenía que entregar mis tareas. Y le cogí el gusto a escribir de nuevo, porque ya de muy pequeña había escrito cuentos de hada en español en la máquina de escribir de mi padre, en Medellín.
Cuando estaba en sexto de primaria en Brooklyn, coroné mi carrera literaria pues creo que nunca alcanzaré otro honor semejante. El profesor me nombró Poet Laureate por un poema que escribí a Mark Twain, en el que supuestamente usé una técnica que no era posible a mi edad me la hubiera inventado yo misma sin haberla leído, pero si. Me la había inventado y Mr. Max Farb optó por creerme y me dio mi único título honorífico. En las cartas que le escribía a mi papá Nacho se nota que había ido adquiriendo muchos errores en español, como poner los días y los meses con mayúscula, etc., y fue sólo a partir de una decisión muy conciente, tomada cuando tenía unos veinte años y regresé a Colombia ‘del todo’, que me enseñé a escribir en español de nuevo. Ahora siento que el español es mi lengua materna, pero el inglés no dejará nunca de ser mi hada madrina, y no siento para nada eso que por desgracia siente tanta gente en otras culturas, que no logran asimilar la otra lengua. Con esa experiencia sólo me topé de adulta. He tenido un freno frente el holandés, ridículo en alguien de mi escolaridad e interés por las lenguas (otro proyecto inconcluso es poder hablar el holandés sin fallas. Me sé todas las palabras al leerlo, pero soy incapaz de ponerlas todas juntas).
PA - Qué diferencia tiene tu poesía escrita en inglés con respecto a aquella en castellano? Hablan las dos desde una misma estética, o el idioma de alguna manera influye sobre tu proceso de creación?
AT - Por razones extra linguísticas, me siento mucho más juguetona y más suelta, más libre, escribiendo en inglés. El español me ha traido muchos muertos, derrotas y atropellos, pero además está más conectado con momentos muy íntimos, ya sea gozosos o desgarradores, donde el lenguaje hasta sobra o por lo menos queremos guardarlo oculto para saborearlo o congraciarnos con sus espinas. Por eso sé que el español es mi lengua madre, porque es el idioma en el que callo y en el que canto, y me gusta cantar. Confrontando los textos, sin recurrir a la trampa de la memoria, creo que sería fácil advertir qué textos fueron escritos primero en inglés, aunque quizás yo misma no podría dilucidarlo en forma imparcial.
PA - Si tuvieras que traducir tus poemas castellanos al inglés, lo harías tú misma o preferirías que um traductor - exterior al texto - lo hiciera?
AT - Me da igual. Es interesante ver versiones ajenas de tus textos, aunque no deja de producir inquietud y sobresalto, sobre todo por eso de ser traductora y no poderme zafar de los gajes del oficio (ni de mis propios prejuicios). Motivo de sufrimiento al ser traducida a otra lengua es que ese ritmo interior que manejas, ese que te dice que en esta línea son cinco sílabas porque sí, no seis ni cuatro, es difícil que coincida entre traducido y traductor. De hecho he traducido o escrito versiones de mis poemas de una lengua a otra, y como soy desordenada a veces escribo un poema en inglés, por ejemplo, lo traduzco, lo publico en un libro o lo envío a una revista, y luego, tiempo después voy a traducir el libro entero y ya no encuentro el original, así que tengo que retraducir lo ya traducido y advierto que he perdido, si no todo, algo, de la forma como fue concebido.
En el 2000 con una beca de un mes de traducción literaria en la Universidad de Norwich, terminé el borrador de las traducciones de tres de mis libros, Casi poesía (1975, 1984), Las Bocas del amor (1982) y Medias nonas (1992), pero nunca he podido sacar el tiempo para pulirlas y luego repasarlas con mi editora de cabecera, gran amiga que disfruta hacer esta labor de costura juntas. Kathleen Boet es una amiga incondicional que, siendo inglesa, me acepta usar una palabra ‘peor’ que una que ella considera ‘mejor’, si yo le alego que es que necesito dos sílabas más. Ahora como ella vive en La Haya y yo en Barcelona, la probabilidad de que ello ocurra es menor, a menos que hagamos un complot deliberado. Lo que tampoco es imposible. Mi vida de ahora es bastante portátil, a pesar de yo no tener ordenador portátil. A lo mejor un día me voy a su casa unas semanas y acabo esas versiones. Y luego ya podrán quedar en mis famosos cajones, pero por lo menos si llega un editor que quiere publicarme en inglés, tendré listos siquiera tres libros.
Mis cajones necesitaban tinta fresca y desde el 2002 no termino ningún proyecto literario. Así que estoy contenta de por lo menos haber terminado esta entrevista y gracias por oírme. Perdón porque como dicen en Medellín, he hablado más que una lora mojada en leche, y cómo me gustaría saber de dónde proviene ese refrán, pero no he podido averiguarlo. Si alguien lo sabe, escríbame. 


No hay comentarios: