RÁPIDO: SIN RETORNO…Dziga Vertov

Por
Camila Duarte
Especial para La Moviola




“...Soy un ojo fílmico, soy un ojo mecánico,
Una máquina que os muestra el mundo solamente como yo puedo verlo.”
“Lo principal y lo esencial es la cine-sensación del mundo”
Dziga Vertov




Apertura del telón, se divisa la unión soviética y Lenin, el triunfo de los Bolcheviques después de la revolución de Octubre, ejército rojo empoderando el cambio; ya no más Zar, el comunismo se propugna junto con la libertad. La economía se entabla dentro de los diálogos de la NEP; un fulgor de inapetencia se vislumbra más atrás, aceleradamente muere Lenin, la nación inicia el colapso. De un lado Stalin y Trotsky pelean la sucesión, el territorio ruso ha dado paso al socialismo con diversas miras y el comunismo se deteriora del colectivo popular. Inminentemente la industrialización ha cobrado vida, los sonidos de las maquinarias y la premisa del cambio con las nuevas economías se adentran en la nueva Rusia, Stalin hace un llamado al mundo, la nueva economía socialista debe ser acelerada y el partido obrero silenciado por su oposición, empiezan jornadas de trabajo superiores a las quince horas. El sueño de la democracia es eliminado, sonido de fusiles, el dictador ha iniciado su marcha y con aquellos aires llenos de nuboso futuro el “Plan Quinquenal” cede la preocupación a la industria pesada antes que dar de comer al pueblo.


El interior de aquella imagen se deteriora, el sueño de la realidad hostiga al observador, los gritos de crítica embalsaman el espíritu de los intelectuales. Al final del teatro las sillas están llenas de inconformes, algunos no han sido silenciados, se divisa la bohemia de la época, las nuevas tecnologías se filtran para fisgonear y quién vocifera las penurias de su gente, la cámara y el foco expectante que quieren hablar y narrar la época. Afuera del show las armas apuntan al espectador, la historia de la Rusia debe ser contada como es, no como se cree que es, el cine independiente teje su propuesta: un documental bajo el término Film Cine-Ojo.


Suscitan ideas dentro de la cabeza de Dziga Vertov: ausencia de guión, de actores, de decorados, de dirección, de trajes y de demás accesorios del proyecto cinematográfico, lo que en realidad debe ser contemplado bajo el lente de la cámara es la materialidad del mundo que parlotea en la década de 1920, las contrariedades de clases sociales, la vida cotidiana, el reconocimiento del obrero y el despertar de la masa para la sublevación. Marx viene del recuerdo “!Proletarios de todos los países, uníos¡” es hora de evidenciar lo que pasa en la vida real, dejar la ficción y dar paso a la crítica por medio de imágenes que expliciten lo que aqueja al pueblo. Dziga entona en sus propósitos un cine que a futuro será visto como base del cine documental, la cámara es entendida por él como una extensión del sentido de la vista ya que es capaz de moverse y vivir en cualquier espacio llevándose impresiones más perfectas, que explora concienzudamente el desorden de los fenómenos que pueblan el espacio. Se inicia la construcción de un proyecto fiscalizador y político: del lado artístico consolidara en el montaje los movimientos invertidos de la cámara, lenta o rápida, fotografía fija y en movimiento, mil imágenes alterando los sentidos a toda marcha, la metrópolis reconstruida a toda velocidad y silenciada porque no hay tiempo para pequeñeces, solo para la captura del instante que ya fue pasado. Rapidez.


Un hombre, una cámara, el futurismo visto desde la Rusia con el auge de las nuevas tecnologías que se abalanza hacia los espectadores, con una nueva vida, la industrialización está a flor de piel, y entonces, Vertov, apuesta a la construcción de un proyecto fílmico llamado “El hombre de la cámara”, varias historias entretejidas, camarógrafo, Rusia, máquinas, dinero. Y el intratexto de la persona que desde el foco encuadra y mira artísticamente su ciudad, su vida cotidiana. Etnográficamente Dziga divide su proyección sobre la ciudad, cual máquina que inicia su trabajo y que metafóricamente entre primeros planos de rostros, partes de maquinarias, espacios públicos y un tren que una y otra vez a lo largo del film va sin un rumbo fijo, solo transita y segmenta pero nunca detiene, recolectando sitios públicos transitados particularmente por los obreros y multitudes humildes que resaltados en saltos discontinuos de premura dan la esencia a la imagen acelerada que este cineasta retrata de su Rusia, del orbe alienado por el capital y la necesidad de expansión, la aglomeración sin sentido, la hipérbole de las masas obligadas a tener y a necesitar.


El ojo delator y debelador que se genera en torno a la maquinización de la vida, enseña que no todo es como parece ser. Lo que recuerda a Marinetti y su manifiesto futurista sobre qué quería en realidad del cine futurista “El cine es un arte per se. El cine no debe por lo tanto copiar nunca el escenario. El cine, siendo esencialmente visual, tiene que realizar antes de todo la evolución de la pintura: desprenderse de la realidad de la fotografía, de lo bonito y de lo solemne. Volverse antibonito, deformante, impresionista, sintético, dinámico, palabra libre”, a lo que Vertov responde fielmente, y a lo largo de 66 minutos de cine silente donde va propiciando reflexiones sobre el mundo deteriorado por una marcha que no tiene reversa, que propicia un desequilibrio tanto para el hombre como para la mujer y sobre todo los niños, implícitamente ello crítica al contexto que no se emancipa de lo público ni de lo privado y claramente juega con el espectador desde las visitas a una habitación, una fábrica, una máquina, un balneario, a fachadas de centros políticos, a parques, donde todo es vital para que cobre sentido y no linealidad pues los procesos que se generan a la par de la evolución de la nación contrarrestan el bienestar de los mismos. Este documental que puede ser visto dentro de la vanguardia futurista, evidencia lógicamente y explicaría que los pequeños detalles que pasan desapercibidos en un día común y corriente son los más claves para el estudio minucioso de una nación que tiene olvidados, es insigne reconocer que entre más se ve poco se sabe del mundo tal y como es y con ayuda de la fragmentación de la realidad que aleatoriamente construye una forma de vida, y que escapa de entendimiento pero que como una monótona rutina configura la supervivencia de una nación al borde de estallar por la “sapiencia” del dictador, plasma la verdad universal del pueblo subyugado que necesita despertar y desprenderse de los hilos mágicos con que son manipulados.


Así, el film inicia un diálogo adentrándonos en lo más popular y allegado del colectivo humano con ligereza inicial, como un despertar, donde primeros planos de aquellos lugares íntimos y la invitación desde el proscenio del teatro invitan a vislumbrar la incapacidad humana por el progreso y la ironía de la polis entablada bajo los diálogos de los que tienen y los que no tienen. Vagamente se esclarece una continuidad u orden que parece una sensación de avidez con que el director quería exponer su fuerte conocimiento del movimiento, y que ambiguamente se representa en las pequeñas partes de las maquinarias sin estar trabajando hasta la cumbre de su capacidad para producir, mil y un formas que incesantemente consignan ese escándalo por el florecimiento del intelecto humano dentro del estándar máquina que desencadeno su intelectualidad. Pero también el símbolo se cuela entre rejas, unas ventanas vinculan su catarsis al hecho surreal de abrir caminos de entendimiento o cerrarlos, ruedas que giran a toda velocidad en alegoría a la pérdida de cabeza por “cultura” además de actas de matrimoniales y de separación y el camarógrafo agigantado entre las masas es el único erudito que fija su atención ocular para congelar el hecho mundano: los vicios desde las tabacaleras, medios de comunicación, y en contraprestación la crudeza del destino, la vida de las minas, las fábricas de aleaciones y miles de obreros deambulando e intentando luchar por las ideas utópicas de igualdad.


Entonces surge una cuestión que no puede ser desapercibida: Vertov con el consejo de los tres (Kinoks) realizaban un experimento cinematográfico, matemático o revolucionario, o por el contrario citaba las bases del documental y eliminaba su premisa de futurista para adentrarse en la mezcla de teatro, literatura y poética. La pregunta distancia las mil y un posibilidades por el encasillamiento de sus tantas respuestas pero se esclarecería que gracias a él como precursor del cine mudo soviético antes que Pudovkin o Eisenstein, opto por una revolución social, política y artística que no puede ser separada, y cuanto más ya que se dirigía a todo el pueblo ruso pero ensimismado en expandirse al mundo y trastocar tanto América, Asia y Europa. Nace entonces aquel Cine-ojo y Radio-ojo como una sinfonía que explora la vida citadina e inserta el toque marxista, aleja toda la academia y por medio de montajes alborotados o/y collages de imágenes enseñan la vida tal cual es.


Los Kinoks de la época ensamblaron el gran eslabón para soslayar lo que hoy es el documental, tras mirar una y otra vez “El hombre y la cámara” se percibe que el intento mudo a veces recae en el experimento, las reflexiones viran pero no participan, el ojo cámara no deja de ser eso, es como el acusador que señala pero no argumenta, para ser el primer intento hay que ameritar el barrido de fotografías rudas, mecánicas, intimas, publicas, pero también subrayar que ante tanta apoteosis que bombardea la psiquis el rescate de signos es insuficiente a no ser que el espectador conozca a priori los procesos de revolución de la unión soviética además de las figuras que trascendieron y dieron forma a la sociedad del momento. No es decir que fue intento fallido, pero la apuesta se hubiera engrandecido bastante si dentro del subtexto se alternara más imágenes desastrosas, obviamente no de crudeza ni de salvajismo, pero sí de contexto, para que el film visto a posteriori se tomara como un documental histórico y no como intento de documental.
La suntuosidad del film enmudecido es que se desplaza entre las nuevas vanguardias después de la guerra, algo surreal y algo dada, pero retoma el futurismo no totalitario sino con postura hacia la izquierda, donde un tren que siempre se muestra en segmentación de planos, alude a ese viaje sin retorno y sin rumbo fijo que se narra en el género fantástico y de horror y que fielmente alegoriza esa marcha en decadencia por la evolución de la máquina y la deshumanización del hombre a toda velocidad. A lo que una agraciada invitación a la danza hace un guiño de felicidad de que todo no es tan febril por los esfuerzos mortales y entre stop motions y planos generales la segmentación hombre-mujer vincula esa eterna indeterminación que balancea la esfera terrestre, el ser o no ser, la vida, la muerte, el día, la noche. Una Rusia variada, trabajo, espacios de esparcimiento, también hay espacio para niños sonrientes y expectantes y entre tanto cúmulo de ideas la Invitación al radio ojo, en vísperas de su aparición se ideograma en varias orejas dispuestas y diferentes establecimientos donde convergen consignas y efigies de Lenin y Marx. La idea de progreso apresurada y nada que hacer. El futurismo en pleno auge, la cámara como medio atractivo y perfecto transmisor de información. Una nación representa las luchas internas y externas de un individuo frente a sí mismo y frente al mundo.


Dziga filtro entre tanta palabrería fotográfica sinestesia que entra por los poros, observar el documental mudo, provee de música al receptor, es una obertura entre cada tanto esquemático, pues los posicionamientos de cámara y angulaciones hechos al parecer por el azar sumergen en ritmos sucedáneos que hacen vibrar las retinas que conjuntamente al blanco y negro de la cinta insinúan intermitencias de color; los páneos barruntados de gentes lánguidas suenan a melancolía, travellings en 3600 de multitudes evocan intranquilidad y aspereza, zoom in de manufactura de hachas, anciana llorando, heridos, ambulancias hincan sabores de lágrimas y sangre. Los montajes paralelos de mujeres galantes y obreras dialogan y la dureza se estremece por la piel de quién vigila en ambos casos, camarógrafo y espectador. El gigante con su cámara desde arriba vigila todos los procesos de la polis, y un piano tocado por manos agiles presagian el dominio del ojo vigía atemorizando y divirtiendo tanto que casi al final del film, el montaje del palacio ruso quebrantado en dos depura la idea de una nueva nación en manos de quien la ha merodeado y se atreve a acusar.


Al finalizar aquella sinfonía la cámara cinematográfica danza en fotogramas a estilo stop motion, ella fino tentáculo que cautiva, enternece, juzga, envilece, mira, regaña, apunta, atestigua, danza con tranquilidad y alegoriza la nueva etapa del arte crítico que se acompaña con el cierre focal y el ojo intimidando al espectador, induciéndolo a una nueva pregunta: es usted observador u observado; la transparencia de esta última imagen del ojo cerrado que baja el telón y llevado al fundido negro farfulla el recuerdo de un presente, de un ahora que quizá pudo ser o que es, del avance, del retroceso, de la pérdida o de la ganancia, del ir o venir, del vivir o morir, hasta de qué es en realidad un ser, un engranaje de la gran maquinaria nacional, o una tuerca inservible.


Por último es mención aclarar que la ayuda de Svilova, esposa de Vertov, quien monto este experimento visual, se ayudó de noticiarios y periódicos, de sumergirse antropológicamente con sus gentes y revivir a flor de piel esos aquejos de la Rusia de la postguerra además de ser ojo fisgón crítico.


Se creería reiteradamente que este proyecto caería indudablemente, una y otra vez dentro de la ambigüedad cinematográfica, tanto por ser una primera parte de un género de gran importancia ( el documental), y visto también como un juego de niños revolucionarios con cámara en mano y ganas de salir a merodear sus alrededores haber que podía ser rescatado y estigmatizar un poco más su patria; pero la alternancia que se constituyó en el intento es ese eterno retorno, al ir y venir dentro de paradigmas o subjetividades, avances fugaces e intrínsecos del mismo desarrollo del pensamiento, una puesta en marcha que se encierra muy simbólicamente en el tren, que para Freud seria aquel cambio de estado probablemente prudente de maduración que lleva consigo su equipaje consabido como la memoria, y muy notablemente lo acentúa Vertov con la disolvencia de fotogramas de los trenes en un mismo plano, que representaría esa huida pero permanencia de la fluidez por las maquinas, por estar e irse, dispersión, automación por crear las máquinas y por necesitarlas. Queda nada más que la pretensión del desarrollo y la avidez con que se sube al conocimiento del desconocimiento, un tiquete para huir, pero una valija para recordar, un tiquete para redimir y mil ansias para llegar al final, un destino recto que se curva por las inapetencias del contexto pero que transmuta en consideraciones a favor del desarrollo y sobre todo de ir mas allá evocando el punto de partida, provocando reflexiones y hasta quizá la pérdida de la cabeza.

1 comentario:

kino dijo...

Camila , el señor Kaufman intuía algo que solo ahora con el apogeo de la imagen digital empiezo a entender, la velocidad del futurismo es una tortuga nadando en petróleo *el de bush y chavez. junto a los nanosegundos con que se transmite una imagen Hoy. Te recomiendo TRES CANTOS A LENININ *1934* allí puedes ver un poco hacia donde vira cierta parte de la fuerza audiovisual y poética que vertov entregaba con tanta pasión, malentendida obra que acuso a vertov y junto con la guerra exilio al Ruso en America. El articulo es vertiginoso, honesto y esta escrito a velocidad de futuristas. vale compañera que buen numero este de Moviola, Jodorovsky, Vertov, Guzman,....... Sin duda es momento de revisar imágenes en el tiempo.